Se dice que es improbable que dos trenes se crucen y choquen en líneas paralelas, como tampoco es habitual que dos aves se encuentren de frente en pleno vuelo. Pero cuando un vagón descarrila, lo improbable deja de ser imposible. La red de alta velocidad supera los 3.900 kilómetros en servicio en todo el país, lo que la convierte en la más larga de Europa. Y basta una pieza fuera de su lugar para romper la lógica de la seguridad.
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Tramo Amaduz del AVE Madrid -Sevilla: en dos vías separadas unos cuatro-cinco metros de distancia coinciden dos ‘cohetes’ que van a 200 kilómetros por hora. Un vagón de cola, el número 6 del Yrio Málaga-Madrid, se sale. A los 20 segundos se cruza el segundo tren en dirección contraria que invade el carril contrario. Un vagón que descarrila no es solo un fallo mecánico quizás porque no es un tren cualquiera: es una fractura en la confianza, una grieta en la idea de que la velocidad y la seguridad siempre viajan juntas.
Con 25 víctimas ya identificadas de 42 fallecidos, quedan cuerpos por confirmar, el dolor se multiplica en una doble espera: la de quienes ya saben que han perdido a alguien, pero todavía no pueden cerrar el duelo, y la de quienes aguardan una llamada que ponga nombre a la ausencia. El vagón nº 6 ha roto la geometría perfecta de la alta velocidad pero la sociedad sigue buscando algo más sencillo y más humano que cualquier explicación técnica (vías o vagón): que nunca vuelva a ocurrir.