La reurbanización del Paseo de Sarasate ofrece una oportunidad -como ha recordado este fin de semana Víctor Manuel Egia al poner en valor su dimensión histórica- para volver la mirada hacia uno de los símbolos más significativos del espacio público pamplonés: el Monumento a los Fueros. Más allá de su valor artístico, este conjunto resume una parte esencial de la historia política de Navarra y ayuda a entender por qué el régimen foral sigue teniendo hoy consecuencias prácticas. Los fueros fueron las leyes propias del antiguo Reino de Navarra, el marco jurídico que durante siglos reguló su autogobierno.
Ese estatus se perdió en 1841, tras la Primera Guerra Carlista, cuando Navarra dejó de ser un reino y pasó a convertirse en una provincia. Aunque conservó elementos singulares, como su sistema fiscal, perdió gran parte de su capacidad de decisión política, marcando un punto de inflexión en su relación con el Estado. En 1893, el intento del Gobierno de Madrid de suprimir incluso esos restos de autonomía provocó una movilización social sin precedentes: la Gamazada. De aquella defensa colectiva nació el Monumento a los Fueros, concebido no como un elemento decorativo, sino como un símbolo cívico y reivindicativo, financiado por suscripción popular y representativo de toda Navarra.
Rosa Oteiza, la modelo de la estatua de los Fueros
La presencia en el monumento de los escudos de las capitales de merindad -Estella, Sangüesa, Olite, Tudela y Pamplona- refuerza además una idea clave: la defensa del régimen foral fue una causa compartida por todo el territorio. En el Viejo Reino de Navarra, las merindades fueron una pieza clave del sistema político y administrativo. No eran simples divisiones territoriales: articulaban el poder del reino, garantizaban el cumplimiento de las leyes y conectaban al monarca con el territorio.
La política navarra no se entendía sin esa base territorial. El legado de aquel régimen foral que sigue vigente hoy en el sistema fiscal propio y en las competencias que ejerce la Comunidad Foral en ámbitos como la educación, la salud o la cultura, y que conviene recordar y defender como parte de la herencia histórica del reino que fuimos.