Cada Estado tiene sus secretos. Como usted o como yo. Uno puede vivir eternamente con los suyos, como bombas de tiempo sin explotar. Otra cosa son los secretos de Estado. Que son los inventados para limpiar su propia mugre.

Mañana se cumplen 50 años de la matanza de Vitoria-Gasteiz de 1976. Era un miércoles de ceniza y la Policía Armada mató a cinco personas en aquella huelga general que conmovió a medio mundo. Por entonces, Arias Navarro era presidente del Gobierno, Tejero era teniente coronel de la Comandancia de Gasteiz, Martín Villa era ministro de Relaciones Sindicales, Fraga de Interior y el responsable de la carga asesina se llamaba Jesús Quintana Saracibar. Ninguno de ellos pagó nada, ni penó nada, ni nada fue suficiente para condenarlos por esos crímenes de Estado sin reconocer como tales. En 2014 hubo que recurrir a una magistrada de Buenos Aires, María Servini, para dictar una orden de extradición contra Martín Villa acusado de delitos de homicidio por los asesinatos de Vitoria y los Sanfermines del 78. Pero hasta hoy. Y hasta hoy, lo que se ha conseguido es que se reconozcan como víctimas a los cinco asesinados y que la parroquia San Francisco de Asís, lugar donde se perpetró la matanza, sea declarada lugar de memoria. Esto se ha logrado gracias al empeño de la Asociación de Víctimas Martxoak3. No es poco. Tampoco mucho. Porque ese mucho tiene que ver con la verdad. Porque es la verdad la que tiene que ser desclasificada. Porque por mucho papel desclasificado que haya, si la verdad no pone contra las cuerdas a los culpables y los nombra y los encausa y ejecuta las sentencias, aunque sea a título póstumo, la justicia no repara ni hace justicia.

Mañana, Martín Villa concederá una entrevista en Radio Vitoria. No dirá nada nuevo. Él solo pasaba por allí. Luego sonará “Campanades a morts” de Lluis Llach. Y eso, al menos, nos reconfortará frente a un culpable que 50 años más tarde, sigue ahí.