Hay imágenes que explican una época mejor que cualquier discurso. La que circuló ayer desde el Despacho Oval es una de ellas: Donald Trump sentado en su mesa, rodeado de pastores evangélicos que le imponen las manos y rezan por él y por el destino de Estados Unidos. Una escena solemne, que pretende transmitir liderazgo espiritual, misión y protección divina, que llega después de varios días de ataques militares contra Irán y en medio de una escalada que vuelve a tensar Oriente Próximo. Un presidente rodeado de líderes religiosos pidiendo a Dios la fuerza necesaria para continuar una confrontación militar.
Trump lleva tiempo señalando al régimen de los ayatolás iraníes como ejemplo de fanatismo religioso. Acusa a sus dirigentes de haber convertido la política en una misión divina, de reprimir a su población, de apoyar a milicias en la región y de perseguir armas nucleares. A su juicio, esa mezcla entre religión y poder es precisamente lo que convierte al régimen iraní en una amenaza. Mientras Washington denuncia el peso de los clérigos en Teherán, Trump aparece rodeado de pastores que bendicen su liderazgo.
Nadie discute la fe personal de un dirigente ni el derecho a rezar pero cuando la religión entra en escena como escenografía política en mitad de un conflicto, la frontera entre convicción personal y mensaje político se vuelve difusa. Para más inri, hoy, el músico Albert Marquès conectará en directo desde Pamplona con Keith LaMar, un preso en el corredor de la muerte en Ohio desde hace tres décadas. El viejo refrán lo resume con crudeza: a Dios rezando y con el mazo dando.