Un periódico deportivo madrileño propuso el otro día expulsar de la Copa del Rey durante 1 año al club cuyos aficionados silben el himno nacional cuando suena en los prolegómenos de la final. Vamos, la prensa haciendo gala de nulo respeto a la libertad de expresión, una expresión, la de silbar o pitar, que, recordemos, no afecta a personas de carne y hueso, a minorías estigmatizadas o a grupos señalados por cualquier causa, sino que es una demostración –infantil si quieren, pero inocua– de protesta o sociopolítica por la cual el himno no sufre, el país no sufre y solamente se incomodan aquellos que no aceptan que haya otros que no comulguen con sus ideas o ideales.
Decía el editorial que lo mismo sucede cuando “se ofende a un colectivo”. Y no, no, no tiene nada que ver, no es lo mismo cantar musulmán el que no bote o despreciar a grupos humanos concretos, porque cuando uno silba un himno de alguna manera silba al poder, expresa una protesta contra una estructura superior que por lo que sea no te gusta o no te representa mientras que cuando gritas musulmán el que no bote lo que haces es señalar a un colectivo que es paralelo a ti y lo señalas y lo perjudicas, amén de que eso puede llevar a generar un ambiente crispado que dé lugar a palabras mayores.
No estamos hablando de lo mismo, porque no es lo mismo. Luego está el ya muy clásico “pues si no les gusta que no la jueguen”. No se silba a la Copa, se silba a un símbolo o manifestación que representa al Estado en toda su expresión, es simplemente un gesto político, que no tiene por qué afectar a los clubes cuyos seguidores silban.
Luego te puede gustar más o menos el hecho en sí o simplemente resultarte irrelevante, pero lo que es muy obvio es que plantear sanciones por hechos así es pretender coartar de cuajo la libertad de expresión cuando esta no afecta directamente a ninguna persona en concreto. Una barrabasada.