Este año se cumplen 50 años de los sucesos de Montejurra, en los que dos personas fueron asesinadas, una de ellas vecina de Estella-Lizarra, y 90 años del golpe de Estado franquista. No son fechas lejanas ni neutras: forman parte de una memoria que sigue interpelando a nuestra forma de convivir hoy. Recordar no es abrir heridas, es evitar que se normalice el olvido.
Mientras la ciudadanía avanza hacia una convivencia basada en el reconocimiento de las víctimas y en una memoria histórica compartida, el equipo de gobierno vuelve a colocarse en el lado equivocado de la historia. En esa mirada borrosa del pasado en la que los apellidos pesan más que la dignidad, en la que el lastre heredado sirve de excusa para no dar pasos hacia adelante. La alcaldesa se equivoca, y su equipo de gobierno también.
El papel de UPN en un contexto en el que el avance de la ultraderecha es evidente y los mensajes ultra llegan por todas las partes no es menor. El Ayuntamiento de Estella-Lizarra ha decidido obstaculizar cualquier iniciativa que relacione Montejurra 76 con la memoria colectiva de la ciudad y, al mismo tiempo, se resiste a dar pasos simbólicos y materiales que ayuden a cerrar heridas y a mirar al futuro.
Uno de esos pasos necesarios, urgentes y perfectamente asumibles es el cambio del nombre de la calle Ruiz de Alda por Calle Zapatería, por ejemplo. No se trata de borrar la historia, sino de dejar de homenajear desde el espacio público a figuras ligadas al pasado autoritario y recuperar nombres que forman parte de la memoria popular, del tejido urbano y de la historia viva del burgo de San Miguel. Nombrar también es decidir qué valores se colocan en el centro de la ciudad.
Un ayuntamiento debe recordar; mirar al pasado; escuchar y aprender. La ciudadanía está dispuesta a construir memoria, presente y futuro. Lo que no está dispuesta es a aceptar que el inmovilismo se disfrace de neutralidad.
Nuestra ciudad es una ciudad con historia y con memoria. La coexistencia entre diferentes sensibilidades es imprescindible, pero solo es posible desde el reconocimiento de lo sucedido y desde gestos claros que marquen un cambio de rumbo. Estella-Lizarra necesita liderazgos que miren hacia adelante desde la cooperación, con respeto hacia las víctimas y con una mirada honesta y constructiva del pasado.