“No entiendo los cambios”, pregona un usuario de WhatsApp. Lisci acaba de meter en el campo a Juan Cruz, Moi y Barja. Yo tampoco me explico ese puzzle de camisetas rojas, la verdad, pero con 0-2 en el marcador y un aciago trayecto de 77 minutos en el partido ya no importa tanto quién sale y quién entra. La tarde venía torcida tras un intento de despeje en el que Sergio Herrera pierde la cabeza. Tenía que pasar: cuando el guardameta no puede utilizar las manos se pone a jugar con fuego y alguna vez se quema. Ese incendio tiene muchos focos y es una de las consecuencias del fútbol moderno y de la intención de convertir al portero en un líbero a la vieja usanza, tenga o no habilidades con los pies y valentía a la hora de meter la testa. Es lo que hay. Después de esa jugada surrealista del portero más surrealista podía pasar cualquier cosa. Osasuna se había presentado con un perfil distinto a anteriores encuentros en El Sadar.
Lejos del ánimo acelerado y descontrolado de Valencia, Osasuna plantó líneas en posición de espera, renunciando a la presión alta, dejando manosear la pelota al Mallorca y esperando a una contra que ejecutara a un contrincante metido en líos clasificatorios. Una interpretación que parecía válida para un equipo que ha encontrado en la velocidad de futbolistas como Víctor Muñoz y Javi Galán un recurso del que antes carecía. Osasuna cargó el juego por ese costado, pero encontró una réplica disciplinada de la defensa mallorquinista. Por ahí quedó desarmado. Y consumido el primer tiempo, daba la impresión de que Demichelis había dispuesto mejor sus piezas sobre el tablero. No era esa la interpretación del técnico italiano en su análisis a posteriori de lo sucedido. Lisci, visiblemente molesto, cargó la culpa en los jugadores, que supuestamente habían roto el cordón umbilical con los planes de su entrenador e hicieron la guerra por su cuenta. Me cuesta entender la explicación tanto como ese triple relevo que le cambió la cara a la tarde.
El fútbol es así. No hay verdad más tangible. Cuando todo está patas arriba, con un segundo gol recibido en un contragolpe, la locura (aquí la he llamado otras veces caos o anarquía) es la interpretación más sensata de los acontecimientos. No había nada más que perder. Así las cosas, con la única consigna de meter balones al área, Osasuna se lanzó al barro al grito de ¡sálvese quien pueda! alentado por una hinchada que intuye el milagro cuando los preceptos están caducados. Ese reto de hacer posible lo imposible vuelca la atención en futbolistas como Kike Barja, capitán en la reserva casi toda la temporada, recambio de último recurso a sus casi 29 años. Un tipo que desde crío ha sido un ejemplo de osasunismo, asume ahora ese papel siempre con el objetivo de sumar, aunque algunas veces los minutos concedidos apenas le den tiempo para intentar dos regates. Pero empujado por lo que él definió como “el aura de El Sadar”, el extremo volvía a firmar un gol en Liga 40 meses después. Si Barja marcaba, todo era posible. Incluso que Moi dibujara un pase de gol a Budimir al mismo tiempo que sufría una severa falta acreedora de mayor castigo al agresor. Repasados los dos goles, el triple cambio acabó siendo determinante. ¡Quién lo hubiera dicho!
En este Osasuna de Lisci va a ser cierto eso de que en un partido hay muchos partidos. Alcanzada la jornada 26 es fácil descifrar en este Osasuna quién jugará de inicio pero no tanto a qué jugará el equipo o que cara tendrá en un determinado momento del lance. Eso sí, los goles de Budimir siguen sumando puntos. ¿Y las paradas de Herrera también, no? Seguro. Ayer, tras la infausta jugada del gol, el portero adoptó un perfil bajo cuando el balón caía en sus pies, recompuso el gesto y trató de pasar desapercibido. Con la cabeza en su sitio.