Este mes la actualidad se ha puesto tan intensa como la primavera. Koldo García declara ante el Tribunal Supremo. Cuenta que le arreglaba sus asuntillos mundanos al ex ministro socialista José Luis Ábalos y que recibía del PSOE billetes de hasta 500 euros. Responde al fiscal con un aspecto, no sé si casual o estratégico, que me recuerda a un disfraz de cómic ochentero, también a esas personas perezosas ante el carnaval que al final terminan escondiéndose tras una barba y unas gafas. Encuentro oposición entre su imagen y sus palabras, la contradicción entre algo infantil y algo muy serio.
Mientras se dirime otro insultante caso de corrupción política, la vida nos estalla cerca. Las gaviotas y los pájaros urbanos graznan y pían enloquecidos, intuyo que anticipando todo lo que van a secuestrar de las terrazas, en breve atestadas de turistas. Este abril mi hijo ha cumplido 12 años, y no voy a desgastar el cliché de que parece que fue ayer cuando tuve que reptar hasta el hospital, pero sí otro, la noche previa al cumpleaños se pegó a la pared, extendí de su cima a la base un metro de carpintera y descubrimos que en 5 centímetros me alcanza. A su ritmo, dos días. La relación de tamaños se va a invertir.
También se intercambiaron los papeles entre mi madre y yo en los últimos años. Pienso mucho en ella. Cuando abro la puerta de su casa tengo que cerrar la boca para silenciar nuestro saludo cantarín. Sigo creyendo que me espera abrazada por su sillón o tumbada en su última guarida junto a la ventana pero ya solo la espero yo. He estado limpiando el piso en el que para mí sigue viviendo y en esos movimientos ha habido mucho de catarsis y algo de despedida. Mientras frotaba me di cuenta de que estaba borrando sus huellas, en las manillas de las puertas, en los interruptores, en los brazos de su sillón. Estoy aprendiendo otra vez a convivir con la muerte en este mes en que renace la vida.