Hace tiempo que toda aquella huelga que lleva aparejada actuación de piquetes coercitivos, amenazantes y sobre todo agresivos pierde para mí parte de su razón, sea esta evidente, menos evidente o incluso difusa. Una huelga como la del martes, que tiene la sólida base de exigir que en lugares como Navarra y la CAV, con niveles de vida más caros que la media nacional, el salario mínimo se suba a 1.500 euros es una huelga que desde el punto de vista económico y laboral es perfectamente defendible. Luego podemos opinar que no tiene recorrido legal, la igualdad de los trabajadores, bla bla, lo que quieran, pero lo obvio es aquí con 1.221 euros o en Donosti tienes mucho menos que en Soria, Lugo o Jaén. Y que eso habría que tratar de mitigarlo de alguna manera.

Pero, claro, si luego veo que la historia, aunque sea pequeña y puntual, pasa por lanzar botes de humo a unas pobres currelas de una cafetería o pintarle las puertas a este o aquel comercio o en general tomarte la licencia de hacer a los demás lo que no harías en tu casa entonces me salta un resorte de rechazo inmediato. Ya, ya, ya sé que los grandes avances sociales se logran con luchas y muy de acuerdo en todo eso, pero no sé si las luchas precisamente tienen nada que ver con amedrentar a tus semejantes, asustarles y que paguen personas que son tan proletarias o más que tú. Ya sé que suelen ser incidentes aislados, que se dice, pero suelen echar un buen borrón al destacable trabajo que normalmente suelen hacer los organizadores de esta clase de huelgas, a los que luego no les suelo oír ni un solo reproche.

No sé, estamos ya en el 2026, pienso que ha pasado suficiente tiempo como para que se sepa distinguir que una huelga no tiene más o menos efecto por dos o tres comercios más cerrados. O 20. Y que, normalmente, el recibimiento general a una idea bastante comprensible decae ante hechos así, aunque sean minoritarios.