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La intemperie

La intemperieIrcs

La primavera llega siempre como promesa de un orden cósmico: viene anunciada por la longitud del día, brota aquello que estaba latente. Pero en estos tiempos la sentimos más como desprotección o desamparo. Como una especie de intemperie cívica: la sensación de vivir sin un marco común. No es que falten leyes, datos o discursos: se ha debilitado el suelo compartido donde esos elementos podían arraigar. Como constataba Camus lo inquietante no es la catástrofe sino la normalidad con la que la aceptamos.

La erosión del derecho internacional o la banalización de la verdad no son episodios aislados: son síntomas de un clima moral que se resquebraja. En esa grieta colisionan formas de entender el mundo y su gobierno: autarquías, teocracias, oligocracias –capitalistas o postcomunistas– que administran la desigualdad con cínica indiferencia y cortoplacismo. No es solo un conflicto geopolítico, es una disputa por el marco mismo de lo posible. Y en medio, nuestras democracias parecen a veces más reactivas que propositivas, más ocupadas en gestionar la urgencia que en sostener un horizonte. La conversación pública se ha vuelto un archipiélago de islas inconexas, donde cada cual habita su certeza pero no establece puentes.

Lo que nos falta no es estudiar y concluir otro diagnóstico más, sino recuperar la capacidad de imaginar en común el camino que tenemos que recorrer. Y debemos hacerlo no como evasión sino como herramienta política: pensar futuros que no estén ya escritos por la inercia o el miedo. Defender la lentitud frente al vértigo, la verificación frente al eco, la responsabilidad sin olvidar la indignación contra la discriminación. La intemperie no se afronta con consignas sino con trabajo persistente: reconstruir lo compartido, atrevernos a desear algo más que la supervivencia.