Una revista de divulgación científica, la prestigiosa National Geographic, publicó hace unas semanas uno de esos interesantes estudios que van de lo general a lo anecdótico, y como corresponde, muy bien sujetado todo por datos y trabajo, análisis y rigor. “Aparece un insulto de hace 2.000 años grabado en una bala de honda”, reza el título del artículo –de indudable enganche–, que recuerda que en aquella época los enemigos se lanzaban proyectiles con mensajes incisivos para herirse también en el ánimo. Uno de esas piedricas grabadas ha aparecido en las excavaciones de Hippos, una ciudad situada en altura sobre el mar de Galilea. “El proyectil presenta una inscripción en griego que se puede traducir como un mordaz: “¡Aprende!”, en el sentido de “aprende la lección”, dirigido a los atacantes”, explica la revista, que acompaña el relato con el detalle de la imagen de la piedra con la leyenda escrita. Un guijarro de 3,2 centímetros de largo por 1,95 de ancho, 38 gramos de peso y de plomo fundido en molde. Una bala, casi.

En la guerra todo vale –en la lógica aplastante de la destrucción no cabe quedarse a medias– y desde muy antiguo, dicen los estudiosos, no solo ha habido imposición física, dolor, sangre y muertos, sino también una batalla psicológica, hacer daño en la moral del oponente, jugar con las dudas, menospreciar. En la piedra voladora el mensaje perfecto fue siempre el acierto que rompía la carne y el hueso y hería o mataba, porque acababa con todo. Pero la burla, indudablemente, también se hacía su lugar en el recuento de heridas. Habría que ver al operario de turno –quizás al propio portador de la honda en la batalla–, descojonado de risa, midiendo el insulto para arrancárselo como rugosidad a la piedra, o quizás pensando dónde estaba el matiz más ácido en el mensaje, o calibrando el contenido más malvado para hacer daño en la táctica psicológica de aporrear el ánino con mensajitos.

Los proyectiles de Trump también llegan con mensaje. “Sube la gasolina”, “apaga la luz”, “no vayas al supermercado”, “quédate en casa”, “no me interesa lo que te pasa”, “mira el interés de tu hipoteca”, “hago lo que quiero”, “siempre gano yo”. Elige cuál puede ser el tuyo. Que está al caer. Y va a doler.