Hay historias humanas que obligan a detenerse, que no admiten una lectura rápida ni una opinión inmediata. La muerte de Noelia Castillo es una de ellas, porque coloca frente a frente el derecho a decidir y el dolor de quienes se quedan. “No estoy conforme, pero siempre voy a estar a su lado”, dijo su madre. Y en esa frase hay una verdad difícil de discutir: se puede no entender una decisión y, aun así, acompañarla hasta el final. Sin compartirla, sin asumirla del todo, pero sin abandonar.
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La ley de eutanasia parte de un principio claro: nadie puede decidir sobre el dolor de otra persona. En este caso, médicos y jueces concluyeron que la decisión era libre, consciente y basada en un sufrimiento real e irreversible. Eso debería bastar para respetarla. Pero incluso así, cuesta. Cuesta pensar que una joven de 25 años no encuentre sentido a seguir. Cuesta asumir que el sufrimiento –también el psicológico– pueda ser tan profundo a pesar de la edad. Y siento personalmente una sensación incómoda, casi inevitable: la de que, como sociedad, algo no ha llegado a tiempo. Es inevitable que el caso pueda leerse –sin matices religiosos o políticos– como fracaso de una sociedad que no siempre protege. Fracaso de un entorno que no siempre detecta. Fracaso colectivo cuando alguien tan joven no encuentra sentido a su vida pese a todos los palos recibidos.
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Como hay otra lectura que no es ni más ni menos positiva pero que seguramente sea la más justa, que es el respeto a una decisión que no fue impulsiva, sino sostenida durante más de un año y medio. Como una respuesta –imperfecta, sí– a un sufrimiento físico y psíquico extremo que no desaparecía.