Hace años que mis amigas de pequeña y yo, una vez que crecimos y nos nacieron esas extensiones fijas o variables que son los hijos, las parejas, los trabajos y las hipotecas, nos compramos una pala. Con ella excavamos cada año en una página del calendario hasta crear un agujero lo suficientemente grande como para que quepamos todas, nuestras mochilas –antes trolleys–, un coche y un avión. Por ese agujero escapamos de las realidades cotidianas y desembocamos en otra que es solo nuestra.
Venecia. Hemos pasado cuatro días en la isla con forma de pez atravesada por canales verdes repletos de algas y musgo. Coladas tendidas junto a los puentes, camisetas, paños de cocina y sábanas. Callejones laberínticos por los que caminar en fila india, cediendo el paso a ancianos venecianos que se aferran a su piso en el casco histórico. Pocos jóvenes y niños en una isla que se va despoblando por la ingente masa turística. Es un milagro que los troncos clavados en la laguna que sostienen losas de piedra, casas, su basílica bellísima y sus palacios no se hundan más.
Formando parte de esa masa turística, no nos la hemos encontrado salvo en tres lugares. Nuestra Venecia ha seguido siendo la artística y la mundana, la que se mantuvo como Serenísima República durante once siglos y la que se atraviesa caminando en menos de una hora y en vaporetto bajo puentes exquisitos. Pero también ha sido otra. Hemos sentido que las callejas se despertaban siendo nuestras bajo el cielo azul y la luz mediterránea que se derramaba sobre los canales cada mañana.
Nos ha sorprendido una calma inaudita, el silencio único que hace suya una ciudad sin coches. Hemos visto una rata, un barrio que nos pareció inglés en la isla de Giudecca y un puñado de iglesias asombrosas. La huella del tiempo y la decadencia que también es arte. El spritz amargo. Sé que es la compañía lo que genera esta magia. Nos hemos reído tanto que hemos invertido el contador vital. Y hemos vuelto a ponerlo a cero para el siguiente viaje.