El caso es que este domingo, esté nublado o despejado, va a anochecer a las 20.29. Esto no sucedía desde el 8 de septiembre de 2025, lo que significa que, en un día, con el cambio de hora de esta madrugada, vuelves a tener la luz vespertina que tenías a primeros de septiembre. No me digan que no es magia. Sí, será cierta del todo esa teoría, bien fundamentada, que dice que en realidad nos correspondería el horario solar y que anocheciese a las 19.29 e incluso a las 18.29 y que no hubiese estos cambios de hora en octubre y marzo, pero, qué quieren que les diga, de la misma manera que a finales de octubre siento que cuando cambian la hora me tiran una lanza a la espalda ahora es completamente al revés: lo veo todo más brillante, esperanzador y posible.
Seguramente sea una ilusión óptica, lumínica más concretamente, porque en realidad nada ha cambiado de importancia y de no importancia desde el sábado, pero el hecho cierto es el que es: me ilusiona, me parece que aunque no haga calor voy a ver más niños jugando en los parques y más abuelos paseando hasta tarde y que nos vamos a recoger en nuestras madrigueras más tarde y esto no va a parecer día tras día como esas ciudades francesas de piedra gris que las andas a las cinco de la tarde y parece que no viviera nadie y mucho más con el viento norte de estos días pasados, que ha sido como una vuelta a algunos de los días más fríos del invierno. 20.29, que maravilla.
Y subiendo, claro, eso es lo bueno, subiendo hasta el 21 de junio y regalándonos los días más largos del año y las noches más cortas. ¿Ya hay bastante noche en la realidad del mundo, no creen? Mejor que alarguen los días y que salgan las flores y caliente el sol aunque sin abrasarnos y podamos salir a la calle sin cuatro forros y no se nos empañen las gafas al entrar en las cafeterías. ¿Ustedes usan gafas? Ya está aquí, salimos de la cueva, enhorabuena a los agraciados.