Los comandantes, las armas supermodernas, o los ciudadanos de a pie? Porque la decisión de iniciar la guerra en Irán, igual que en su día la guerra de Vietnam, la tomaron los comandantes, pero la salida de Vietnam se decidió en las urnas y en las calles con enormes manifestaciones de jóvenes que evadían el servicio militar y cuyas familias no deseaban que pusieran su vida en peligro.
Ahora ocurre lo mismo con la opinión pública norteamericana: tan solo toleró el principio de la guerra en Irán cuando se hablaba de una expedición relámpago de pocas semanas. Ahora que se habla ya de meses y el hombre de a pie va perdiendo la escasa paciencia que tenía, especialmente porque la capacidad de resistencia iraní parece más fuerte de lo esperado.
En la actual guerra de Irán se repiten algunas cosas que ya vimos en anteriores conflictos bélicos de participación norteamericana y Vietnam es el mejor ejemplo que todos recuerdan. Un país mucho más fuerte militar y económicamente, como Estados Unidos, decidió abandonar la lucha y a sus aliados y marcharse de forma que muchos consideran todavía hoy ignominiosa: con el rabo entre las piernas, en una salida apresurada que parecía más propia de bandas desorganizadas que del ejército más potente y rico del mundo
La influencia de la derrota en Vietnam, que dejó el campo abierto para el expansionismo chino, se ha notado en las contiendas en que Washington ha estado presente en el medio siglo transcurrido desde entonces: misiones rápidas, compromiso inexistente y con todo preparado para atacar, declarar victoria y plegar velas.
Hasta que llegó Donald Trump, un hombre tan convencido de la invencibilidad de Estados Unidos como de la superioridad de su propio criterio y de la fidelidad numantina que deben ofrecerle sus colaboradores. En sus círculos más próximos hubo advertencias de que una contienda con Irán no sería el paseo de Caracas: incluso el jefe del alto estado mayor, general Dan Caine, le advirtió que semejante campaña podría ser difícil, no tendría apoyo de sus aliados y reduciría peligrosamente los arsenales bélicos de Estados Unidos.
Todas estas predicciones se han cumplido y la guerra lleva ya más de un mes sin que haya podido eliminar la amenaza militar de Irán y con la probabilidad de que en esta, como en todas las otras guerras modernas, la aviación no sea suficiente para lograr los objetivos. Trump sigue concentrando fuerzas junto al Irán, pero los ataques iraníes, a pesar de las bajas en sus efectivos militares, continúan. Cierto que un mes no es un tiempo largo para un conflicto de gran envergadura, pero las unidades de medida que se han usado hasta ahora ya no parecen tan fiables: hay quienes aseguran que la Inteligencia Artificial (IA) ha cambiado las condiciones bélicas y que los postulados tradicionales ya no sirven.
Tal vez sea así, pero todavía no tenemos elementos para juzgar la nueva situación, ni experiencia en guerras con drones ni con IA para valorar la situación -y mucho menos para hacer previsiones. Para complicar aún más las cosas, el voluntarioso presidente norteamericano está jugando contra el tiempo: tan solo quedan siete meses para las elecciones parciales norteamericanas que podrían poner al Congreso de EEUU en manos de sus rivales demócratas que tal vez decidan plegar velas en Irán.
Para Trump, esto representaría la parálisis política y el retorno de pleitos innumerables. Para Estados Unidos y el resto del mundo, un cambio de rumbo que podría tener una trascendencia mayor que en su día la guerra del Vietnam. Y por ahora, no hay inteligencia artificial capaz de darnos previsión alguna.