Se ha cumplido un mes ya desde el comienzo de la guerra ilegal e inmoral de EEUU e Israel contra Irán y la nueva invasión israelí del sur del Líbano y nada apunta a un final cercano. Tampoco se percibe un fin claro sobre los objetivos reales de está escala bélica en Oriente Medio. La catarata continua de declaraciones y contradicciones diaria de Trump solo añade confusión a la situación, pero más allá de que haya amiguetes y poderosos con acceso a información privilegiada sobre los pasos que va ordenando dar Trump que se forran con la compra y venta de acciones bursátiles, la realidad es que EEUU cuenta ya con unos 50.000 efectivos militares desplegados en las distintas bases que tiene en la zona y que las traídas y llevadas conversaciones de paz con representantes iraníes parecen quedar siempre en un segundo plano.
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También, por boca del propio Trump, se sabe que en esta ocasión la propaganda militar occidental no utiliza ya los argumentos habituales de defensa de los derechos humanos y de la democracia como excusa para la guerra. Directamente, los objetivos de EEUU en Irán se limitan a controlar la producción de su petróleo y a hacerse con su uranio enriquecido, si lo tiene que tampoco está claro. Sigue engordando la lista de víctimas inocentes en la zona al igual que Israel incumple sistemáticamente el Acuerdo de Alto en Fuego en Gaza asesinando a ciudadanos palestinos, familias enteras a veces, periodistas, paramédicos, etcétera o igual que los colonos sionistas en Cisjordania asesinan a los ciudadanos palestinos, queman aldeas enteras, ya sean cristianas o musulmanas. Y la ocupación del sur del Líbano como otro paso más de Netanyahu y su Gobierno hacia el delirio mesiánico de ese Gran Israel supuestamente bíblico.
El mundo entero está encerrado en este bucle entre absurdo y demencial. Las peores consecuencias de estas guerra, como de todas, son las humanas, pero conllevan también derivadas económicas muy pesimistas, con incidencia especial en la energía, los combustibles y los fertilizantes para la alimentación que llegarán a la ciudadanía de todo el mundo o de buena parte de él. Los humanos somos una de esas especies extrañas que habitan en este planeta. Tenemos capacidad de conocimiento, descubrimiento, avances tecnológicos, médicos científicos, civilización... pero también seguimos sujetos a ese ansia ancestral por la violencia contra otros seres humanos. Hemos asistido a la reacción internacional contra el veto al patriarca latino de Jerusalén que le impidió celebrar la misa del Domingo de Ramos, y esa presión política y diplomática obligó a Netanyahu a recular.
Pero esa indignación internacional no ha sido la misma durante el genocidio y la limpieza étnica de decenas de miles de niños, niñas, mujeres, hombres y ancianos palestinos. Ni tampoco ahora cuando Israel se ha convertido en el único estado del mundo con una ley de pena de muerte que se aplica solo a una etnia, la palestina. Otra maldad inhumana ilegal.