El emérito reapareció este fin de semana en una corrida de toros en la plaza de Sevilla para sorpresa de todos aquellos que se lo imaginaban todavía en un refugio antiaéreo de Abu Dhabi. Se desconoce si lo acababan de sacar de ahí o llevaba tiempo fuera. En las cinco semanas que han transcurrido desde que el estallido de la nueva guerra del Golfo provocara la estampida de turistas y residentes fiscales en el emirato, no he visto en la prensa del Estado una sola referencia al paradero de este hombre, ni tan siquiera para sosegar a sus todavía incondicionales. Alguno le debe de quedar, a juzgar por los aplausos con los que le obsequiaron en la Maestranza. Qué tranquilos respiraron al ver que no había acabado de daño colateral del inconmensurable cristo que han montado Trump y Netanyahu. Confieso que esos dos sujetos me tienen fascinado, sobre todo el primero de ellos, coronado como primera amenaza para la paz mundial por la opinión pública estatal, por encima de su colega Putín.
Soy de los que me levanto por las mañanas y me conecto en seguida para enterarme de la última de nuestro Donald. Lo que atraen la maldad y la estupidez juntas. Su tuit del domingo pasará a las páginas de oro de la diplomacia: “Abrid el puto estrecho, locos cabrones, o viviréis en el infierno”. Dicho en hora peninsular, el plazo para el apocalipsis acaba en unas cuantas horas, exactamente a nuestras dos de la madrugada de mañana miércoles. Veremos. Ya van varios ultimátums incumplidos por parte del pelirrojo y no hay nada descartable, ni una invasión terrestre ni un acuerdo de última hora. Luego ya se lo venderá a su rebaño de borregos. Con Trump todo es posible y también lo contrario. Lo que sea, pero que le salga mal, a él, y a los ayatolás. No me voy a quejar de lo que cuesta llenar el depósito cuando tanta gente está muriendo.