La abultada derrota de Orban en Hungría pone fin a su mandato de 16 años y ha sido recibida con euforia en la UE. Sin embargo, habrá que mantener la cautela política sobre el papel del nuevo líder húngaro, Péter Magyar, un hombre que procede de las filas de Orban, admirador suyo y colaborador hasta que sus caminos se separaron. Se califica como europeísta, pero sus orígenes políticos son comunes, un conservado más a la derecha que el PP Europeo, uno de cuyos primeros anuncios ha sido pedir el fin de las sanciones a Rusia. Lo cierto es que la derrota de Orban es también la derrota de su propuesta política, lo que los politólogos califican como iliberalismo y un paso atrás más en la influencia de Trump y Netanyahu en la UE.
También es un varapalo para los partidos europeos de extrema derecha que alimentan con cierto éxito un euroescepticismo que busca dinamitar los valores originales del proyecto europeo. Quizá podamos saber ahora algo más de la financiación húngara a Vox. Denominarlo iliberal solo lo hace más asumible y digno de formar parte del proyecto europeo, aunque refleje un modelo de entender la sociedad y la gobernanza que no tenga nada que ver con los valores y principios del espíritu original de la Unión. La Hungría de Orban no era una excepción. Le acompañan otros países en esa deriva. Cada uno con sus matices, pero todos con el denominador común de cercenar la democracia real y avanzada y sustituirla por democracias de forma y apariencia, pero sin efectividad democrática alguna en la realidad, y un sistema autoritario. Es una ola que crece. Más disimulada que la ola de la extrema derecha que ni siquiera se molesta en disimular en sus formas y discursos su objetivo de poner fin al modelo democrático de convivencia. Pero igual de peligroso. En realidad, el iliberalismo no es más que un eufemismo del lenguaje para ocultar los peligros de un neoconservadurismo derechista, que mezcla fanatismo ideológico y religioso, racismo identitario y neoliberalismo económico ocultos bajo la apariencia de democracia, pero opuestos radicalmente al diseño humanista de una sociedad asentada en los valores democráticos, la ética humanista y la justicia social. Pensemos que tanto la pérdida de peso del multirateralismo hoy como la presencia de Trump al frente de EEUU no serán situaciones eternas y en ese espacio que venga tiene que pensar su reimpulso la UE.
La salida del poder de Orban coincide también con la creciente perdida de popularidad de Trump en EEUU con las elecciones de mitad de su mandato a solo unos meses vista, y ese debería ser para Europa un tiempo político que aprovechar para diversificar sus relaciones políticas y económicas con otros agentes de peso internacional. Pero eso sólo no será suficiente para que la UE recupere su lugar en el mundo si Europa no recupera una imagen política y ética de honestidad, bienestar, progreso, eficacia y que abra la puerta a la colaboración e influencia de sus propios territorios, regiones y naciones sin Estado. La imagen hoy de la UE y de sus principales representantes en el mundo están muy lejos de todo eso.