Síguenos en redes sociales:

No dejemos de soñarlo así

No dejemos de soñarlo asíJorge Munoz

Siempre hay otras noticias de más actualidad que centran el interés de la opinión pública, pero en esa larga lista de días internacionales que completan el calendario anual, este 16 de abril se celebra el Día Mundial contra la Esclavitud Infantil. Una fecha que conmemora a Iqbal Masih, un niño de 12 años asesinado en 1995 por la mafia pakistaní de los tapices. Tenía cuatro años cuando fue cedido por su familia como trabajador forzado al amo de una fábrica de alfombras a cambio de 600 rupias (12 dólares).

El pequeño comenzó a trabajar más de doce horas haciendo alfombras, pero, a causa de los intereses que había puesto el amo sobre el préstamo, la deuda del padre de Iqbal fue cada vez más grande. Durante este tiempo, el niño fue golpeado salvajemente e incluso encadenado al telar. En 1992, una organización destinada a salvar niños esclavos lo liberó. Iqbal comenzó a ir a una escuela y, a la vez, puso en marcha una campaña activa para la liberación de otros niños esclavos. Pese a ser un niño, hablaba en público exponiendo su testimonio sobre la realidad de los trabajos forzados infantiles.

En 1994 fue galardonado con un premio por su activismo, lo que le dio popularidad. Al año siguiente, mientras montaba en bicicleta, fue asesinado de un disparo. Desde entonces, la esclavitud infantil ha ido en aumento: casi 500 millones de niños y niñas trabajan, en todos los casos en condiciones infrahumanas, como esclavos, desde los cinco años. Todo ello porque para las grandes corporaciones militares, textiles o mineras y las redes mafiosas de explotación sexual, la esclavitud infantil es un negocio.

Incluso hay estados en la América de Trump que han dictado leyes que permiten el trabajo de niños y niñas menores porque el fruto de su explotación son productos de consumo diario entre cada uno de nosotros y nosotras. Una tenebrosa capa de silencios cómplices sobre los derechos de millones de niños y niñas que siguen muriendo cada año de hambre o enfermedades curables, son explotados laboral o sexualmente o utilizados como carne de cañón en guerras de interés económico o de fanatismo religioso, cuando no masacrados en bombardeos indignos como en Oriente Medio.

Hemos asimilado que está ahí y nos vamos haciendo insensibles poco a poco a esa realidad, en una sociedad cada más individualista y egoísta. Todos los niños y niñas tienen derecho a un nivel de vida adecuado para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral y social, pero incluso en una comunidad avanzada como Navarra aún hoy un 11% de los menores de 16 años sufren carencias que se definen como pobreza real y precisan de concienciación social y de intervención institucional decidida.

Es fundamental aportar a nuestros hijos e hijas una educación en valores de convivencia como la paz, la tolerancia, el respeto a la naturaleza y el consumo responsable, la justicia y la solidaridad. Para que no sigan sufriendo o muriendo millones de niñas y niños. Y para que este mundo sea un lugar digno y humano en el que todos podamos vivir. No dejemos de soñarlo así.