Llamar a las cosas por su nombre es el primer paso para entender qué ocurre en la calle Jarauta. Estamos ante una exclusión organizada, por mucho que se intente disfrazar de costumbre o rito. Resulta una esquizofrenia democrática que en ese comedor se entregue el Gallico de Oro, un premio que reconoce lo mejor de nuestra sociedad, mientras se mantiene un apartheid de género de manual.

Homenajear a una mujer por su trayectoria pública en un lugar donde ella misma tiene prohibido ser socia, votar o entrar en la cocina es, sencillamente, un brindis al sol. Ser el escaparate gastronómico de Pamplona en San Fermín conlleva una responsabilidad que Napardi parece ignorar. Resulta incompatible reclamar el aplauso de lo público y blindar, al mismo tiempo, un búnker que ignora a la mitad de la ciudadanía.

Incluso hitos como el corte del primer queso de la temporada están buscando ya otros escenarios, quizás anticipando que el prestigio de una institución no puede sostenerse sobre la discriminación. El argumento de la tradición se cae solo al mirar al Club Larraina o a Gure Leku: ambos demostraron que abrir las puertas a la igualdad no rompe nada esencial, solo cura el anacronismo.

La normativa foral actual es clara: las entidades que segregan por sexo se enfrentan hoy a la pérdida de cualquier reconocimiento público o colaboración institucional. Si el requerimiento del INAI sigue sin cumplirse, el Gobierno foral podría acudir a los tribunales. La libertad de asociación no es absoluta y puede limitarse cuando choca con el artículo 14 de la Constitución, que prohíbe la discriminación por razón de sexo.