Está abrir los ojos cuando la corteza auditiva traduce el sonido del despertador, elegir fruta y detergente y pagar la inscripción al campamento de verano. Está también incorporarse sobre un colchón tendido en el suelo y rodeado por un archipiélago de papel en el que crecen embriones de poemas y palpitan líneas de algo que podría terminar siendo una canción. Migas de un sándwich de queso sobre un plato, vasos de plástico con orina a lo lejos y en las paredes crucifijos antiguos, un vestido decimonónico de terciopelo negro raído, un jirón de piel de lobo y Eddie Sedgwick en una portada de Vogue clavada horas después de su muerte por sobredosis a los 28 años.
Más o menos así era el espacio donde Patti Smith asentó su base de operaciones en la Nueva York de finales de los 60 y principios de los 70. Antes había compartido habitaciones ínfimas y encuentros nutritivos con otros artistas en el irrepetible Hotel Chelsea junto con su alma complementaria, amor y amigo Robert Mapplethorpe. Los unían una certeza y una clarividencia sin fisuras acerca de su misión en este mundo, la creación artística, algo mucho más sólido que un plato humeante, un radiador o unas sábanas limpias.
Me maravilla lo incuestionable de esta vocación y cómo la colocaban por encima de todo. Patti Smith lo cuenta muy bien en Éramos tan niños. Este libro que cuando se publicó quise comprar y después olvidé comprar porque se le superpusieron otros deseos y urgencias ha llegado a mí a través de una amiga. Gracias. Leerlo me está resultando un viaje mágico a la efervescencia cultural neoyorkina de hace medio siglo, quizá más radical y, seguro, más libre y espontánea que la actual.
Por encima de eso, es una puerta al jardín interior de esta intelectual, arriesgada, buscadora y única que es Patti Smith. Y a la relación pura y nada convencional que alimentó con ese otro artista, Robert Mapplethorpe. Ojalá todo lo que cae en nuestras manos ofreciera experiencias con tanta textura como leer este libro.