Tiempo después de que algo desaparezca –un espacio, objeto, servicio e incluso una persona–, solemos notar que falta. Cuando necesitamos de ello y ya no está ahí para nosotros, entonces, nos entran las nostalgias y las penas. Una cosa semejante puede pasar con los baños del Paseo de Sarasate si, como se ha denunciado, son derribados al calor de las obras que se ejecutan en esta zona.

Pamplona disfruta de una oferta menguante de históricos y hermosos servicios públicos subtérraneos, impecables gracias a unas mujeres que siempre los cuidan con esmero. Los había en la Plaza de la Cruz, los hay en Media Luna, Antoniutti, etc. y ahora corre riesgo de desaparecer el de Sarasate, inaugurado en vísperas de los Sanfermines de 1920. Se trata de un rincón de la memoria pamplonesa que nos ha librado de decenas de urgencias, a la par que sus escaleras siempre fueron un buen escondite de juegos y frente a las vergas de los kilikis.

Entiendo que la alternativa de los aseos autolimpiables es válida para ciertos colectivos, pero me pregunto por ese afán de no dejar en paz a estos urinarios de grandes baldosas que, en su esquina centenaria bajo el Monumento a los Fueros, siempre hicieron una gran labor y, con toda su humildad, también han contribuido a hilvanar nuestra memoria colectiva.