M recuerda que sugirió un tema para esta columna que he pasado por alto. Lo corrijo. M apuntaba a las transformaciones que el mundo digital ha introducido en las relaciones y a la extensión de prácticas procedentes de internet a las cadenas comerciales, al gran público.
Creo no equivocarme si supongo (no quisiera parecer desinformada) que en la mayoría de los cortejos, con fines vitalicios o momentáneos, los genitales eran la última parte del cuerpo a la que se accedía o los genitales son la última parte del cuerpo a la que se accede.
El proceso es que coincides con alguien y te fijas, te hace gracia, te gusta, que con suerte puedes entablar una conversación, te sigue haciendo gracia y te gusta más. Si todo esto es recíproco y se mantiene el interés, en algún momento cuyas premisas y distancia del primer contacto visual son tan variadas como la vida misma, tiene lugar un evento sexual en el que quedan a la vista los genitales. Vaya, que lo habitual es conocerse con algo de ropa puesta y cuando se da ese encuentro y te la quitas, pues te encuentras con lo que te encuentras, que es lo que hay.
Zapeando, M encontró un programa que ha tenido su éxito en otros países europeos y lo vio un rato. Se trata de elegir pareja. Nada nuevo. Pero como el programa promete dar la vuelta por completo a las reglas de la seducción y buscar el amor sin ropa, sin disfraces (eso es un objetivo, faltaría más), candidatas y candidatos aparecen desnudos en el interior de cabinas de cristal y van mostrando su cuerpo progresivamente empezando por los pies y llegando a los genitales, sobre los que se razona descriptiva y exhaustivamente. La cara queda para el final. Qué cosas, ¿verdad?