Estamos cansados. De no dormir, de querer llegar a tiempo, de no tener tiempo, de no llegar a fin de mes, de las primaveras de Pamplona, de comer mal, de beber peor, de hacer dietas, de hacer dietarios, de contar pasos, de tantas extraescolares, de viajar, de correr por ansiedad, de hacer planes, de deshacerlos, de simular la jubilación, de hacer yoga, del gimnasio, de cuidar y conciliar siempre las mismas, de quedar a todas horas, del móvil, de recibir mensajes, de las conversaciones pendientes, de trabajar tanto, de citarnos, de la hipoteca, de tanto estrés, de las aps contra el estrés, del puto wasap, de tanto mindfulness y flow détox, de los conspiranoicos, de hacer listas, de los listos, de la dictadura luminosa de los selfis, de buscar series, de las frases motivacionales, de la felicidad obligatoria, de la opinión pública, de las columnas como esta, de la administración electrónica, de las etiquetas de Zara, de tanta reunión, de las contraseñas, de la precariedad convertida en paisaje, de algunos paisanajes, de las calorías, de no tener sueño, de tener demasiados sueños, de enviar correos, de los anuncios de alarmas, de esperar algo, de desayunar ansiedad con leche, del miedo, del neoliberalismo, de la cancelación imperante, de ir a tientas, de leer prospectos, de los telediarios, de estar siempre localizable, del Euribor, del estrecho de Ormuz, de tanto asesino suelto, de Trump, de Netanyahu, de la izquierda moralizante, de la derecha inmoral, de tanta melancolía, de los libros de autoayuda, de las revoluciones pendientes, del miedo a enfermar, del ruido, de las neurosis de Ayuso, de los libros de Pérez-Reverte, de mirar al pasado, de esperar una postal, de tanta autoficción masturbatoria, de los políticos que se guían como las hienas, por el olor de la carroña, de tanto Vitoquiles impune, de tanto juez también impune, de los sobresaltos de Osasuna. Y claro, cansados de estar cansados.