¿Quilicura? No lo sé, dan ganas de responder. ‘¿Quién le cura?’ podría ser la traducción de la pregunta lanzada por una de esas personas-ametralladora que devoran sílabas mientras disparan palabras a la velocidad que las avestruces corren. Pero no, Quilicura es una región chilena que ha parido y puesto a caminar una idea luminosa. En este tiempo de implantación acelerada de la Inteligencia Artificial, que visto desde el futuro de nuestra evolución durará un milisegundo, creo que ignoramos más de lo que sabemos sobre ella. No ya sobre sus aplicaciones y progresos para conquistar algo que simule emociones y alma, sino sobre sus efectos secundarios. Uno de ellos, el daño medioambiental, es lo que ha puesto bajo el foco con su experimento una comunidad de profesionales de Quilicura. La IA es útil, pero recurrir constantemente a ella activa centros de datos que consumen ingentes cantidades de agua para refrigerarse y funcionar bien, responder a lo que le preguntamos y almacenar en la nube nuestros billones de fotos y documentos. La pereza de organizar y borrar.
El experimento. Unas cincuenta personas, profesionales de la educación, la cultura y el arte, contestaron durante 12 horas las consultas que usuarios de 70 países estaban haciendo a la IA. ¿Cómo preparar empanadas? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cómo conocer a un latino emocionalmente responsable en Europa? Respondieron empleando conocimiento, documentación y experiencias propias. Ejercieron de servidores humanos, sustituyendo a los chatbots a los que hoy damos crédito de cocineros, terapeutas, doctores en ética… Muchos adolescentes les consultan dudas morales y existenciales y les compran sus respuestas.
El experimento chileno no abre el debate sobre este uso, sino sobre el derroche de agua que implica recurrir tantísimo a la IA en una tierra donde no les sobra. Quizá Quilicura sí que contiene algo de ¿Quién le cura? y una reflexión para alcanzar la respuesta.