El 15 de mayo hizo en Pamplona una temperatura media de 8,6 grados. Eso es un día normal de finales de febrero, primeros de marzo. Siete días más tarde, el 22, la temperatura media marcada fue 24 grados. Eso es una temperatura media 2 grados más alta que la media histórica de agosto. Lo mismo aplica a las máximas: en una semana pasamos de 12 a 32. Llevamos ya una semana con máximas por encima de 30 grados y media por encima de la de agosto (23,6 frente a 22) y estos vaivenes tan tremendos suponen un tobogán térmicoque lo mismo te congela que te aplasta.
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Así las cosas, los usuarios de piscinas municipales –entre los que parece que este año también estarán los de Larrabide– siempre nos tememos que cuando nos lleguen las fechas de apertura se produzca el efecto Ángel de Aralar: lluvia y frío. Mientras, desde hace diez días aproximadamente y hasta al menos el martes de la semana que viene –esto es, mínimo 15 días–, las piscinas están cerradas y muchos de nosotros tenemos la sensación de que, especialmente los fines de semana pero también entre semana, hubiésemos aprovechado el abono anual sin dudarlo ya en varias ocasiones.
El termómetro llega a una máxima de 35,5ºC en Navarra y seguirán varios días de calor intenso
Comprendo perfectamente que la organización humana y técnica que se necesita, así como la asignación económica, no se improvisan de la noche a la mañana, pero al usuario lo que se le queda es la sensación de una estructura muy rígida que no ofrece alternativas a las fechas habituales de apertura: apertura a finales de la primera semana de junio o de la segunda y en parecidos findes de septiembre. Con la chavalería ya mucha con horarios de mañana y con exámenes pero seguro que ganas de un chapuzón liberador y los termómetros escalando por encima de los 30, a mi no se me quita del cuerpo la idea de oportunidad perdida y de que quizá haya que darle una vuelta a estas fechas habida cuenta de que el cambio climático y las rachas así cada vez parecen más frecuentes.