El cerco se estrecha. Asedio a Pedro Sánchez y al PSOE. Tan implacable acoso, engarzado por un rosario inaudito de corruptelas, filtraciones y cloacas, insta forzosamente a reaccionar. Para hacerlo, sin nadie al mando en Ferraz por un estrepitoso vacío orgánico en el primer partido, Moncloa marca territorio. “Combatamos la conspiración derechista”, se oye por las cuatro esquinas. Ni una gota autocrítica ni una reflexión introspectiva. Según el sanchismo, la culpa de la desmoralización mayoritaria entre socialistas no es de las imputaciones a Zapatero, a las tropelías del clan Koldo o a las artimañas de la pareja Cerdán-Leire. Todo responde a una confabulación de jueces, periodistas a sueldo y aznaristas vengativos. Solo así se explica que la legislatura continúe arrastrándose por la ególatra vanidad de un presidente y el legítimo temor a la llegada de una política derechizada con olor a alcanfor.
Sin espacio viable para la moción de censura, ni siquiera la de confianza, las únicas alternativas a la progresiva descomposición de la credibilidad institucional se reducen a la convocatoria de elecciones generales o, probablemente, a estirar la agonía hasta el límite de la legislatura. El laberinto al que ha arrastrado el reguero de supuesta corrupción del alma socialista del gobierno Sánchez y de su partido estrangula las salidas racionales. Posiblemente porque la descomunal intensidad del mazazo ha abortado el espacio siempre necesario para acometer un análisis ponderado. La caída a los infiernos del gurú ético resulta difícilmente digerible para un espacio de izquierda que le idolatraba como referente icónico de la justicia social y del diálogo por la paz entre diferentes. Un comprensible estado de aturdimiento que reduce toda posible salida a atrincherarse bajo la coraza. Ahí se cobijan el presidente y su legión de seguidores, liderados por el killer Óscar Puente, presto a la batalla sin tregua. Y sin mucha intención de moverse.
De momento, Sánchez ha ganado otro mes para que corra la bola. El tiempo que transcurrirá hasta su comparecencia en el Congreso. Por el camino seguirá sufriendo los embates de nuevas revelaciones deleznables y bochornosas para la honradez de un partido, pero no le alterarán el ademán. Exprimirá al máximo los comodines a su alcance. En unos días, recibirá al Papa conjugando su abrazo a la migración, la justicia social y el rechazo a la guerra. Poco después confiará en la selección de De la Fuente para distraer el ruido de jueces, la UCO y UDEF. Luego, las reuniones en Bruselas. Así hasta la comparecencia de ZP ante el juez y previsiblemente la sentencia condenatoria para su antiguo hombre de confianza, José Luis Ábalos. Un auténtico calvario, sí, pero PS atisba con piel de cocodrilo que poco después de semejante tormento llegará el final del período legislativo, las vacaciones y hasta septiembre. Aguanta, Pedro, aguanta.
La reacción del ofendido
Desoídas, por tanto, las apelaciones a adelantar los comicios generales; descartada por indeseada y falta de votos la moción de censura, se abre la puerta a la contraofensiva socialista. El ministro de Transportes, cualificada alternativa a Sánchez cuando se apague su baraka, ya ha entonado las primeras estrofas de la rebelión. El argumentario se cimenta sobre la idea, no descaminada en base a hechos palmarios, de que existe una confluencia instrumentalizada para acabar con el actual gobierno. La semilla aznarista de quien pueda hacer, que haga, florece en terreno abonado. Así las cosas, las terminales sanchistas –cada vez más en retroceso ante la contundencia de algunas evidencias culpatorias– empezarían a vocear la injusticia ilimitada de tantos jueces politizados, de numerosos policías vengativos y de demasiados periodistas apesebrados. Tendría cabida hasta la justificada irritación que genera la sospechosa casualidad de tanta denuncia contra los mismos. Quedaría bien esquematizado un intencionado toque a rebato para insuflar ánimos en las Casas del Pueblo, a miles de alcaldes y a millones de desengañados abstencionistas.
Mientras, en el PP solo aguardan a que la manzana podrida caiga del árbol. Quizá se les haga larga la espera. Tampoco le faltan razones ni argumentos para exigir una depuración auténtica de responsabilidades a la vista de tanto auto demoledor. Tal vez les cabría esperar a que los tribunales dicten sentencia para que sus exigencias tuvieran un fundamento indiscutible. Lo deberían saber por amargura propia. El problema real, en cambio, es otro: ¿qué hacer hasta entonces para paliar los efectos tan perversos de tan grosero atolladero?