Una nueva franquicia llega al centro de la ciudad: McDonald’s se ha instalado en lo que era la Ortopedia Lorca, enfrente del edificio de la Vasco (la tienda de Zara del centro de Pamplona, para que entiendan los más jóvenes).
Imagino que éticamente a la familia Lorca, dedicada a la farmacia y la salud durante décadas, no le hará especial ilusión que el local haya sido ocupado por la principal marca mundial de comida basura, pero el negocio es el negocio.
En la antevíspera de San Fermín desembarcan las McExtreme BBQ&Mayo, las Pulled Pork Buffalo, la Doble Philly Cheese Stack, los McFlurrys y por supuesto la Big Mac. Todo eso lo puedes pedir para que te lo lleven a casa o te lo puedes comer allí o en la calle y dejar todo el suelo hecho una mierda, como prefieras.
Es triste, pero el éxito está asegurado.
Por un lado los precios son invencibles. Por lo que te cuesta una gilda y un zurito en cualquier bar, aquí te llenas el estómago. Por otro lado, la comida basura gusta porque está diseñada para que el cerebro libere grandes cantidades de dopamina, la hormona del placer. Son mezclas de cantidades exactas de grasas y azúcares que te suministran un chute de energía rápida y fácil con mucho sabor.
Las críticas al sistema de negocio y, sobre todo a la calidad de los alimentos, son constantes. Menos mal que la marca proclama su claro “compromiso medioambiental con el planeta”. Como dicen en su página web, llevan varios años trabajando para hacer envases más sostenibles y para intentar reducir al 90% los plásticos de los juguetes Happy Meal. No sé cómo no les dan algún premio Nobel.
Y lo peor de todo es que nunca se puede decir de este McDonald’s no comeré, y menos aún en San Fermín