Sería sencillo escribir una serie de críticas al sistema, al Gobierno, a los políticos o a los banqueros; es en realidad lo que más me apetece, además de tener argumentos sobrados para ello. Sin embargo, he de admitir que no sería justo quejarme sin antes añadir un mea culpa, por lo que hoy dedicaré mi carta a este fin.
Soy un ciudadano que lleva muchos años, (desde siempre que yo recuerde), desengañado con las clases dirigentes y con el género humano en general, por lo que mi postura siempre ha sido de cómoda observación cuando menos y de satírico comentario cuando más. He visto pasar por mi placentera ventana las guerras contemporáneas, las leyes de excepción, la falsedad de las promesas incumplidas, el juego del digo y el Diego y de los mil retorcidos caminos de la interpretación; en definitiva, el burdo disfraz de la injusticia, y todo esto jamás me hizo mover algo más que mi afilada lengua tabernaria. Lo sé, sé que a bote pronto puedo parecer un insolidario, un egoísta o algo peor y no pienso molestarme en negarlo, mayormente porque en el fondo sé que es verdad.
He de decir, sin embargo, y sin que sirva para eximirme de mi responsabilidad, que no creo que el subconjunto en el que me encuentro sea pequeño. Por el contrario, viendo la indolencia social ante el continuo asedio y abolición de los derechos que dábamos por sentados, puedo afirmar con la rotundidad que puede permitirse un iletrado que somos una gran mayoría. A ellos me dirijo y no a otros con estas líneas, siendo consciente de la falta de autoridad moral que me otorga mi desidia crónica, pero con la esperanza de que verbalizarla nos haga, a mí y a mi gran subconjunto a tomar conciencia y actuar.