De entrada toda mi solidaridad con Sabicas.

En esta polémica creada a raíz de la mala gestión, o no, de la Casa de Sabicas, hay algo muy importante que trasciende todo lo que se pueda creer, decir o hacer; y es la utilización del nombre de Agustín Castellón. Aunque a mucha gente le siga costando creerlo, la figura de Sabicas, por su arte y su persona, es respetada, querida, incluso adorada por infinidad de personas, allí donde su música se escuchó, se escucha, o se escuchará, porque eso es Sabicas, pasado, presente y futuro de la cultura y del arte.

Si no hubiera sido por el propio Sabicas, el hecho de haber nacido en Pamplona/Iruñea sería algo anecdótico, ya que se fue de muy niño y toda su carrera la forjó fuera de aquí. Pero quizás porque todos amamos el territorio de nuestra infancia, si fue feliz claro, o porque aquí le compraron su primera guitarra, o porque en el Teatro Gayarre dio su primer concierto; don Agustín amaba esta tierra. Escuchar cómo se enternece al hablar de la calle Mañueta, de la calle Jarauta, donde jugaba junto a otra figura olvidada, su hermano Diego, provoca un sentimiento que a todo pamplonés le llegaría a lo más hondo.

Yo sé que el flamenco no tiene el sitio que le corresponde por sus valores artísticos ni aquí, ni en Euskal Herria, ni en España, ni en ningún lugar. Esto lo sabemos todos los flamencos. Y sé que es muy difícil y costoso dar la importancia y la relevancia que se debería, en nuestra ciudad, a una figura de fama internacional como Sabicas. La Casa de Sabicas es un paso más en la idea y en el sentimiento de que Agustín Castellón, este gitano de Pamplona/Iruñea, que con su guitarra se convirtió en uno de los artistas más importantes de siglo XX, forme parte de la vida cultural diaria de la ciudad al mismo nivel que Julián Gayarre o que Pablo Sarasate, por cierto a Sabicas de pequeño le llamaban el sarasatillo. No lo estropeemos.