la carta del día

La ‘comparsica’

09.02.2020 | 18:50

Llámase así al conjunto de reproducciones a escala inferior de los gigantes y/o kilikis de una comparsa, reproducciones que son bailadas -o paseadas- por niños delante de los originales, o sea, de la comparsa de verdad, entre el alborozo y los gritos de ánimo de su mamá, su abuelito materno, su abuelito paterno, su abuelita materna y su abuelita paterna. Su papá está sacándole miles de fotos con el móvil, inmortalizando para la posteridad el momento en que su niño se realizó como niño siendo enanico entre gigantes y giganticos entre enanos.

Porque ¿qué son? ¿Son gigantes enanos o enanos gigantes? ¿Son los niños los que se realizan como mayores o son sus mayores los que se realizan en sus niños como los niños que ellos no fueron?

El caso de los kilikicos es aún mas patético: si un niño, convertido en kiliki, persigue a otros niños para pegarles con la verga, ¿qué pintan los kilikis de verdad? Y si a los demás niños ya les persiguen los de verdad, ¿qué pintan los kilikicos? Y si aquellos a quienes persigue son tan grandes o más que él, ¿qué sentido tiene que les persiga?

A ver si nos entendemos, las cosas tienen su naturaleza y su naturalidad y si las desprendemos de ambas dejan de ser: mueren. Los gigantes lo son porque superan toda perspectiva vertical natural y más desde la estatura de un niño; ahí radica su encanto y su magia: en el asombro, estupor, admiración y quizás miedo que sienten los niños ante tal volumen hierático que avanza incontenible y arrollador bailando al compás de una música alegre y chillona. Los gigantes superan a los Reyes Magos porque a los gigantes se les ve, no hay que imaginarlos, no piden que te portes bien a cambio de darte sus bailes, los tocas, te metes debajo y, a pesar de eso, no entiendes cómo pueden bailar siendo así de grandes... hasta que ves que de él sale -o a él se mete- una persona como tu padre o tu madre... y llegas a entender que solo se mueven si los mueven, y vas descubriendo la vida, tu vida, y vas creciendo con esas pequeñas cosas que son las que hacen que un niño se haga adulto. Pero... si tú, de niño, ya eres quien mueve los hilos del gigante -gigantico- ¿dónde queda la magia de su visión, dónde la emoción, el asombro, incluso el miedo, de ver su andar y su baile incomprensibles, dónde queda la posibilidad de descubrir -poco a poco- la realidad de la vida, dónde la necesidad de hacerse adultos de forma natural -cada cosa a su tiempo-, dónde la satisfacción de, cuando se sea mayor, colaborar -también emocionadamente- a que los niños se conviertan en adultos? Porque, si a los niños les damos el papel de adultos, cuando sean adultos ¿qué querrán ser? Quizás adultos no, porque ya lo habrán sido prematuramente y quizás estén ya hartos de haber hecho -cuando niños- lo que tendrían que hacer de mayores.

Naturalidad: los gigantes son gigantes y los mueven los adultos. Los kilikis son más grandes que los padres y persiguen a los niños, para pegarles con la verga. Y los niños ven pasar a los gigantes, no entendiendo cómo pueden ser tan grandes y bailar tan bien, y corren delante de los kilikis escapando a sus ataques y provocándolos, cuando son conscientes de que, debajo del cabezón, hay una persona que te ve y te quiere y solo quiere jugar contigo.

Dejemos, pues, a cada cual en su sitio y en su papel, porque una cosa es que el niño quiera ser mayor y juegue a serlo y otra muy distinta es que les incitemos, animemos y ayudemos a serlo antes de tiempo. En la ancestral organización -natural- de las sociedades, los varones tenían que superar un ritual de iniciación para demostrar al resto y a sí mismos que habían dejado de ser niños para convertirse en adultos. En nuestra actual organización social, como pasamos de antigüedades inútiles porque somos mucho más modernos, olvidamos la naturaleza del ser humano, lo revolvemos todo y, como tenemos prisa por dejar todo resuelto antes de morir, aceleramos nuestra vida y convertimos a nuestros niños en adultos prematuros, en giganticos enanos, en kilikicos, en lugar de dejarles disfrutar con su candidez infantil, del asombro, de la emoción... del miedo, incluso.