Agur Bixente, agur

10.06.2020 | 00:56

Se nos ha ido demasiado pronto. Y a muchos nos duele en el alma. Cuando seguíamos necesitando su amistad y su generosidad de hombre bueno. Y cuando queríamos seguir disfrutando de su sencillez extrema, de su alegría, de su sonrisa amable, de sus carcajadas contagiosas y de su genio, que tampoco le faltaba. Esperábamos aprender todavía mucho más de su interpretación crítica de esta realidad compleja que nos rodea y nos abruma, y de su visión de la historia, de la política, de la cultura€Nos faltará el político tozudo y flexible. ¡Como si ambas cosas no fueran compatibles! Vamos a extrañar su perseverancia defendiendo lo justo y maldiciendo lo injusto. Le guió la tozudez en la defensa de valores y principios que nunca abandonó, pero al mismo tiempo le acompañó la prudencia y la responsabilidad ética de medir las consecuencias de sus decisiones, aunque tuviera que dejar muchos pelos en la gatera y aunque sufriera la incómoda incomprensión de muchos. Y también aunque fuera a costa, que lo fue, de perder reconocimientos y puestos de representación sobradamente merecidos. Lo presencié más de una vez.Bixente, hombre bueno en el sentido más machadiano. Hombre comprometido en mil tareas, que nunca pedía nada para sí y al que tantas veces le achacamos falta de ambición. ¡Qué equivocados estábamos! Su ambición eran la honestidad, el juego limpio y la justicia social. Y la política decente, la de los grandes proyectos y la de las preocupaciones por las necesidades más cercanas, esas que están a ras de tierra y que tanto tienen que ver con la justicia. Sus ambiciones no eran, pues, poca cosa, pero nada buscaba para sí mismo. Por cierto, también dejó para otros el buitreo más carroñero y miserable que se enseñorea todos los días a nuestro alrededor.Bixente, hombre estudioso y culto. Era casi imposible su presencia en los templos del consumo. No necesitaba muchos bienes materiales, los ignoraba, a veces hasta el descuido. Más fácil era, sin embargo, encontrarlo en librerías, rebuscando de forma minuciosa entre todo lo que le ayudara en su reflexión permanente. Impenitente lector y escritor de historia y de historias, fue crítico amable con otras visiones de la historia ya fueran de amigos o de adversarios. Para él, no cabía la manipulación histórica por interés político, aunque alguien pudiera pensar que a veces tiraba piedras contra su tejado.No nos ha dejado ni un resquicio de duda sobre su entrega a la cultura y a la lengua vasca. Lo recordaremos una y otra vez en aquellas imágenes cinematográficas carcelarias de la fuga de Segovia en las que el actor que le representaba iba de un lado para otro con el Euskalduntzen en la mano. Aquellos inicios se transformaron en el empeño incesante de un conocimiento profundo de la lengua a la que tanto amó y que poco a poco se convirtió probablemente en su seña de identidad más significativa. El euskera cobró presencia indispensable en sus escrituras, en su docencia, en sus actividades culturales y, siempre que su entorno lo permitía, en las relaciones personales de todos los días. Ello, sin desdeñar a la lengua castellana, también de todos, que seguía cultivando en estudios, artículos y colaboraciones.Y voy por fin a los principios de su trayectoria: la lucha antifranquista. Su militancia antifascista decidida, dura y combatiente, presagiaba toda una vida de lucha por la justicia y la libertad. No se entendería a Bixente sin ese bautismo en la lucha por las libertades, la de los ciudadanos y la de los pueblos. Y, claro, por la libertad de su país, Euskal Herria. Este país deberá reservar un lugar destacado cuando recuerde a los mejores.Bixente, pronto llevaremos tus cenizas a alguna de las montañas navarras en las que muy probablemente te sentiste libre y soñaste con una vida feliz para todos. La felicidad, individual y colectiva, es una utopía inalcanzable, pero su búsqueda nos sirve para caminar seguros de que no se puede ser más feliz que sintiendo felices a quienes nos rodean. Agur Bixente, agur.