la carta del día

La evolución de la solidaridad

30.09.2021 | 00:45
La evolución de la solidaridad

Empecé la pandemia con un intenso sentimiento de solidaridad. Las normas covid dieron un hachazo a mi trabajo en psicoterapia individual, de grupo y de docente. Rápidamente me sumergí en el aprendizaje de la modalidad online. Me reenchufé con pacientes, amigos y familiares. Creamos nuestras videollamadas y videogrupos. Me acerqué y nos acercamos a nuestros vecinos, nos comunicamos por los balcones. Colocamos carteles ofreciendo nuestra ayuda a los vecinos y leímos emocionados los de los demás. Apareció de golpe mi parte colectiva. Estaba ahí, pero no la tenía tan consciente. Desarrollé un profundo sentimiento de aldea global, de todo lo que nos unía en esta pequeña bola azul vagando por el universo con el milagro de la vida inteligente. Sentía la necesidad de conectarme y eso me llevó a organizar encuentros de colegas transcontinentales, de compañeros que trabajan con grupos como yo. ¿Qué podía, que podíamos, aportar a esta aldea global en construcción, ahora amenazada?

Ha pasado el tiempo y algo ha cambiado: siento más la rabia contra los insolidarios que el amor que nos une. Sigo luchando por la solidaridad, pero, más que sentirla, vivo la rabia contra los que la rompen. Me enfado ante los antivacunas, negacionistas y conspiranoicos. Me enfado ante la insolidaridad de los botellones. La cruz de la moneda.

Me pregunto en qué medida eso que siento es un reflejo de lo que pasa a nivel colectivo. Estamos viviendo un período único para estudiar cómo evoluciona la solidaridad.

Considero que todos hemos tenido ocasión de vivir en esta pandemia lo colectivos que somos, por más que nuestra cultura individualista lo rechace. Tal vez hemos evolucionado desde la solidaridad de los primeros meses de la pandemia, donde todos estábamos para ayudar, al enfado y la rabia. Uno de los indicadores colectivos es el surgimiento de los antivacunas. Soñábamos con la aparición de la vacuna. Ya la tenemos y ahora surge algo que nunca habíamos conocido: el rechazo, la desconfianza ante la vacuna y todo el sistema sanitario y, por extensión, al sistema sociopolítico.

¿Es tan difícil aceptar que papá gobierno no pudo salvarnos de todo ese peligro? ¿Necesitamos darle la bofetada, ponernos un tanto paranoides y desconfiados, porque no podemos aceptar la profunda fragilidad individual y colectiva? Toda asociación de perjudicados, de víctimas, de damnificados, necesita a un gobierno al que considerar culpable. Esta, junto al apoyo y consuelo mutuo, suele ser su principal actividad. Haz repaso.

"Pues ahora no me vacuno. A ver qué haces", me parece estar escuchando. Se le acaba de unir: "pues ahora mis hijos no llevan mascarilla al cole".

Conecto lo colectivo con lo individual. En lo colectivo nos encontramos con sociedades con buenas razones para desconfiar: aumento de la inseguridad por temores no solo paranoides ante el control informático, la desaparición de las barreras culturales y la progresiva uniformización cultural con la pérdida de identidad que eso conlleva, la desconfianza en nuestros administradores por los continuos casos de corrupción. Esta se lleva algo mucho más valioso que el dinero: la confianza colectiva que tanto necesitamos. Y más ahora.

Hemos vivido un confinamiento, desde la alta autoridad, sin botellones, con jóvenes desaparecidos del escenario social. Ahora surgen rompiendo los límites de esta autoridad: "pues ahora nos embotellonamos". Si algo caracteriza a esta edad es su rebeldía como necesidad de autoafirmarse ante las figura paterna y materna de las que se están distanciando. No solo a ellos. También en muchos adultos que no terminaron de procesar esa fase. Hay para todos: otros se quedaron en la sumisión dependiente a la autoridad y no la cuestionan.

Tal vez eso es lo que nos pasa como grupo social: tras la sumisión dependiente a la autoridad en el confinamiento, necesitamos un reventón de rebeldía. Tal vez si lo entendemos, si nos entendemos, lo modularemos un poco y nos cueste menos vidas.

De la cohesión grupal a la solidaridad colectiva. ¿Es posible aplicar los conocimientos de la terapia de grupo al gran grupo social?

Pero este escenario se nos va acabando. ¿Cómo evolucionaremos? ¿Echaremos en falta las intensas emociones a que nos ha llevado esta pandemia? ¿Las podremos procesar desde cierta distancia?

 

El autor es psiquiatra

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