No me atrevo a hablar del pueblo israelí porque los pueblos son mucho más que sus dirigentes.
Cuando vemos los bombardeos constantes a los campos de refugiados, hospitales, convoyes de ayuda humanitaria, escuchamos a los dirigentes de Israel hablar de errores de cálculo, de daños colaterales. Una vez y dos veces quizás pudieran ser errores de cálculo; cuando los errores son sistemáticos dejan de ser errores para convertirse en estrategias, estrategias de cálculo y de muerte.
Tal vez el fin último de Netanyahu sea eliminar a toda la población civil palestina con la excusa de combatir el terrorismo de Hamás. Nadie mejor que el pueblo judío sabe lo que es intentar exterminar a un pueblo. Si observan imágenes de los campos de Auschwitz y de Rafah, el dolor humano, la angustia, el hambre, la desesperanza, la muerte es la misma. Las heridas y lesiones físicas y psicológicas también serán irreversibles en la mayoría de las personas. Y todo esto bajo la mirada cómplice y la inacción del resto de países mal llamados civilizados.
Exterminar a una población se puede hacer de muchos modos, por acción y por omisión. Por acción bombardeando a la población civil y eliminándola directamente, y por omisión, bloqueando toda ayuda humanitaria y dejándola morir lentamente de hambre y sed. Netanyahu ha convertido la muerte de civiles en una estrategia de guerra. Para eliminar a la población palestina, además de combatir directamente contra el terrorismo de Hamás, se está encargando de eliminar en las ciudades y en los campos de refugiados a la población civil. Por un lado, a las personas ancianas que son la memoria, el recuerdo y la historia del pueblo, por otro lado, a los niños y niñas que son el futuro de ese mismo pueblo, y finalmente, a las mujeres que son las responsables de traer la vida. Sin pasado, sin presente, sin futuro…
*El autor es psicólogo