Qué fácil afirmar a voz populi que se es “respetuoso con todo el mundo”; que se aceptan las diferentes diversidades humanas en todo su contexto; racial, de género, de identidad sexual, funcional, etcétera.
Y qué difícil llevar ese respeto a la práctica cuando nos toca de cerca: unos vecinos árabes, un hijo transgénero, un compañero de clase neuro divergente, etcétera.
Y es que todos somos muy buena gente, siempre y cuando no implique el más mínimo esfuerzo por nuestra parte, porque somos muy empáticos, pero de lejitos. No vaya a ser que la presencia del diferente interfiera en nuestros hábitos cotidianos, o nos veamos en la necesidad de dar explicaciones como prevención del qué dirán.
Existen personas cuyas vidas son una balsa serena, un plácido viaje en la que la vida se presenta llena de oportunidades. La infancia, la adolescencia y la adultez fluyen sin altibajos, socialmente aceptados, dentro de lo previsible.
Y existen personas que sin elegirlo, nada más nacer, su existencia se convierte en una carrera de obstáculos y una molestia para quienes se consideran “normales”: blancos, heterosexuales, sanos, física y mentalmente. Y lo fundamental, con estabilidad emocional, económica y social.
Dicen que los golpes te hacen fuerte, que hay que aprender a sobrevivir en esta jungla que es la vida. Y esto es absolutamente cierto, una se acostumbra a lidiar con el bullying y el protocolo antisuicidio, a limpiar las lágrimas de tus hijos y educarles para la resistencia. Aunque éstos afirmen que no quieren vivir, aunque se autolesionen y las visitas a salud mental se conviertan en una rutina cotidiana.
Porque se aprende a ser felices con lo más mínimo y a seguir avanzando a paso de tortuga, aunque el resto lo haga a paso de gigante. A compartir con los seres que nos importan y a los que importamos y a seguir con vida, a pesar de todo.