La nueva premisa parece clara: todas las bicicletas deben circular por la carretera. Nada más, sin matices, sin reflexión sobre las consecuencias.
Tengo más de 40 años y siempre he creído que la bicicleta debe ocupar el espacio que le corresponde: la calzada, compartiendo el mismo terreno que los coches, no rivalizando con los peatones. El espacio a reivindicar es la carretera. Sin embargo, no podemos olvidar de dónde venimos ni la realidad actual.
En mi experiencia como ciclista, me han gritado por ir por la carretera, por la acera e incluso por el carril bici. Parece que la bicicleta molesta siempre, vaya donde vaya. Y ahora, con esta nueva norma, se nos obliga a circular sí o sí por la carretera, sin tener en cuenta las circunstancias ni las condiciones de seguridad.
La única campaña que se ha hecho ha sido poner policías en las aceras para informarnos de la medida y advertirnos de que pronto empezarán las denuncias. Pero no ha habido una campaña de concienciación dirigida a los conductores, ni un plan de mejora de la seguridad vial.
En Pamplona me han atropellado cuatro veces mientras circulaba en bicicleta por la carretera. Solo en una ocasión acabé en el hospital, pero en dos me rompieron la bici. En todas las situaciones, la responsabilidad fue del vehículo: tres veces no me vieron. Dos atropellos ocurrieron en el mismo punto.
Vivimos en una ciudad donde incluso como peatones debemos mirar con desconfianza en los pasos de cebra, porque sabemos que muchos coches no van a ceder el paso.
En este contexto, pedirnos que asumamos el riesgo en la carretera sin reforzar la seguridad, sin concienciar a los coches de que van a tener que compartir el espacio, es, sencillamente, peligroso.