Salió del observatorio rumbo a Westminster con paso decidido. Algo no cuadraba. Londres bullía, pero George Biddell Airy atravesó la ciudad como si todo fuese ruido de fondo. En la obra, arquitectos y operarios celebraban la grandeza del reloj: debía oírse en toda la ciudad. Airy escuchó, esperó su turno y sentenció:
-Temo que se rompa, porque no siguieron mi opinión.
No se equivocó. El astrónomo real -cargo que ocupó entre 1835 y 1881- erró en el cálculo de la campana del Big Ben. Trece toneladas de bronce, un martillo demasiado pesado y una grieta de sesenta centímetros. Un fallo matemático, de asesoramiento, de exceso de confianza. Nada nuevo: la aritmética y quienes la interpretan también se equivocan.
Extremadura vive hoy su propia grieta estructural. La aleación política PP-Vox no ofrecía, según María Guardiola, ningún tipo de seguridad. Buscó entonces otro cálculo: la mayoría absoluta. No la obtuvo. Y aquello de lo que quería huir acabó ganando peso. Una consecuencia tan previsible como fáustica.
En 1859, Airy no corrigió su error: lo domó. Giró la campana para que el martillo golpeara en una zona intacta. No fue brillante, pero sí eficaz. Garantizó la funcionalidad del sistema.
Ahora, solo espero que María Guardiola corrija el error, resuelva el problema y, por favor, garantice algo de funcionalidad. Aunque lo dudo. Y es que el problema nunca estuvo en la campana, sino en golpear donde ya estaba rota.