La carta de Lope de Aguirre
A mediados del siglo XVI un soldado del rey Felipe II de España escribió una carta en la que relata hechos de la conquista de América y de forma coloquial, casi en plan de igual. Esto último resulta extraño para su tiempo, reclamar al rey, testigos de horrores que padecen sus soldados en América, para que él viva orondo en Madrid.
No se apiada Lope de Aguirre de los aborígenes, como no se apiadó de los muchos hombres que mató en su búsqueda del Dorado por el río Amazonas. Ni siquiera por el asesinato de sus hombres, ni de su socio de expedición, el navarro Ursua, ni por la conquista que emprende de la provincia de Venezuela, empezando por la isla Margarita. Tantos debió de matar por ahí que, aun en los atardeceres, su ánima divaga, porque Dios no lo quiere en el cielo, pero tampoco lo quiere el demonio en el infierno.
Preso y reducido en Barquisimeto por los soldados del rey, mata a su propia hija para que no sea colchón de villanos, según su célebre frase. Era hombre de Gipuzkoa, hijo de fieles baskos, según se define, pero rebelde hasta la muerte. Así lo declara Lope, autor de una famosa carta escrita en lenguaje culto y asombrosa lucidez, de lo horrible de una conquista.
Simón Bolivar encontró el escrito y lo declaró como la primera carta de la independencia americana. En estos días me ha venido su recuerdo y pienso en lo que estamos viviendo entre bombardeos de ciudades y amenazas nacidas de mentes torcidas, que por aupar su poder, nos llevan a la pobreza, a la incertidumbre, y a la muerte, pero ganando ellos fortunas en el trasiego y asegurando la vida de los suyos.
Ha llegado la primavera y su luz, y la resurrección de la naturaleza en su floresta y siento el impulso de vivir, pero la tristeza de las guerras que nos rodean me abate el ánimo. Me pregunto para cuándo dejaremos el trabajo de edificar la paz a través de la palabra y convencer, en vez de usar la pólvora.
Para cuándo hemos de determinar que el trabajo de la paz es, además de cultura, un esfuerzo por mejorar nuestra humanidad.
Lope de Aguirre murió matando, pero eso no lo hizo grande, lo hizo su carta libertaria, esa lucidez de su última hora en que al condenar la conquista, también considera su inutilidad.