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Ciclismo

el Tourmalet (2.115 metros de altitud y fuera de categoría por su dureza) coronó la cima con la pancarta de meta en el centenario de su inclusión en el trazado de la principal ronda ciclista. Efeméride histórica y etapa pirenaica de gran trascendencia en el desenlace de la competición de este año. Alberto Contador y Andy Schleck, rivales y amigos, se jugaban el amarillo final a dos cartas: esa cumbre y la posterior contrarreloj. Durante diez kilómetros, Schleck marcó el ritmo del duelo. Salvo un amago de ataque del corredor español, la hegemonía fue del ciclista luxemburgués. Gesto de amistad en los últimos metros y Contador renunció a la disputa del sprint. La decisión pudo estar lastrada por su polémico ataque una tarde anterior ante un incidente mecánico en la bici del contrincante más directo en la clasificación general. El Tourmalet estaba atestado de meritorios aficionados. La organización del Tour cierra los accesos con muchas horas de antelación, sobre todo en jornadas de montaña. Control estricto de circulación y estacionamiento de vehículos a motor. También de quienes se mueven en bicicleta. Situarse en las rampas superiores requiere de larga vigilia, incluso de pernoctación. La presencia humana, las pintadas sobre el asfalto, las pancartas, las banderas, los aplausos y gritos de aliento estimulan a los deportistas en su esfuerzo. El público contribuye a la gesta atlética. Pero ese fervor popular queda deslucido por una minoría de extravagantes y de estrafalarios. Comportamientos y ropajes grotescos para segundos de gloria en televisión. Disfraces llamativos, exiguos vestidos femeninos en fornidos cuerpos masculinos, reclamos varios. Algunos se ataviaron con atuendo de pamplonica para remedar un encierro, como si los manillares fueran las astas. Una actitud infame, temeraria para la integridad de los auténticos protagonistas del evento. Una hiriente falta de respeto. La fatiga extrema aísla al atleta del entorno. Sin embargo, los gritos histéricos al oído, la tela en las narices o encima del casco, el remojón arbitrario, la carrera pedestre en paralelo, se perciben como un malestar desestabilizador de la concentración mental y el equilibrio físico. Los codazos para hacerse ver entre el grupo de energúmenos agravan el peligro. El telespectador sufre ante la pantalla. Arriba, las vallas laterales devuelven la seguridad a la competición sin detrimento de la algarabía festiva. La épica deportiva no necesita bufones. El lamentable espectáculo descrito es común a los finales de etapa en alto de montaña. Prolongar el vallado en tramos de carretera tan estrechos supondría el desalojo de espectadores, figurantes imprescindibles en la ambientación de la lucha. Bastaría con lucir el maillot del respeto.