Huelgas
UGT y CCOO le convocaron una huelga general al Gobierno del PSOE. Sus líderes advirtieron: "Todas las huelgas tienen sus consecuencias". Para los trabajadores, seguro. Hace 22 años ejercí el derecho a la huelga en una pequeña empresa de comunicación, sujeta en teoría a criterios cristianos. Todo empezó unos años antes porque el empresario local quiso y obtuvo el apoyo de sus trabajadores para ser autónomo con respecto a una naciente sociedad anónima estatal, pero se negó a que negociáramos con él los futuros convenios colectivos. Los beneficios económicos regionales, a su cuenta. Sus empleados, sin embargo, a pechar con la precaria situación económica del conjunto de la incipiente empresa nacional. No era tonto. Salvó la situación en dos ocasiones, pero a la tercera fue la vencida: la asamblea convocó huelga. Una mayoría la secundó. Trabajaron algunos que, habiéndola votado, cedieron a las presiones de parentesco o amistad familiar con la patronal. La experiencia resultó dura y aleccionadora. La empresa consideró ilegal la huelga y nos puso de patitas en la calle. El empresario se escondió tras el parapeto de un directivo recién contratado y pidió refuerzos a su denostada empresa nacional, que le envió al depredador responsable de los llamados recursos humanos. En el primer encuentro, sentó un principio de fortaleza infranqueable: "La tumba de mi padre está llena de mierda". Cualquier alivio escatológico de nuestras frustraciones negociadoras sólo aumentaba el fiemo. Fuimos una piña de veteranos con antigüedad, algún correturnos pluriempleado y jóvenes con contrato temporal. La empresa pasó del despido a la sanción de empleo y sueldo cuando un mediador propuesto por la parte social sembró la duda sobre la solvencia jurídica de los argumentos empresariales. La sentencia confirmó la legalidad de la huelga. Luego vinieron las consecuencias: represión (con nuevas sentencias judiciales a favor de los trabajadores) y una paulatina salida de miembros de la plantilla. La mayoría sucumbimos a fórmulas coercitivas de la patronal. Venganza fría. Cada uno a su tiempo y a su modo. El último tardó unos años. Hubo que esperar a que un renovado plantel lo revocara como delegado sindical. La guillotina le esperaba y dejó a una familia con niños sin el único ingreso. La huelga tuvo de bueno el reconocimiento de la justicia de nuestra demanda y la legalidad de su expresión. Además, reveló anomalías en contratación, nóminas deficientes (sólo fueron abonadas las cantidades no prescritas) y carencias en seguridad laboral de las instalaciones. De malo, la progresiva disolución de una plantilla competente. Las huelgas tienen consecuencias para el Gobierno en un contexto generalizado de actitud social crítica y rebelde. No como hoy.