Contraste
las elecciones municipales de 1979, primeras tras la aprobación de la Constitución española, proporcionaron el acceso de la mujer al Consistorio pamplonés: Elisa Chacartegui y Ángela Oyaga (UCD), Camino Monasterio (HB), Camino Oslé (PSOE), Mercedes Labayen (UPN). El primer alcalde electo fue Julián Balduz, del PSOE, un desconocido entre la ciudadanía. Hasta hoy, el alcalde más joven de Pamplona. Llegó al cargo con 36 años. Desempeñó dos mandatos. Hasta 1987. El primero, con sólo 5 concejales de 27; el segundo, con 11. A tenor de los comportamientos políticos actuales, sus dos procesos de nombramiento tuvieron algo de paradójico. En 1979, en medio de un considerable alboroto de sus propios partidarios, Herri Batasuna (segunda fuerza municipal, a escasas mil papeletas de la UCD) sumó sus votos a los de PSOE y PNV, a pesar de que los socialistas habían negado su apoyo al candidato Patxi Zabaleta. Mayoría absoluta (14) ante los trece de UCD (8) y UPN (5). En 1983, UPN (7) y AP (4) llegaron a sugerir como alcalde al candidato del PNV (Julio Oteiza) si conseguía el apoyo de HB (4). Objetivo: evitar alcalde del PSN. Al final, la derecha votó a Juan Cruz Alli, candidato regionalista, y el PNV votó en blanco; PSN y HB, a sus respectivos candidatos. Balduz refrendó la alcaldía por el procedimiento de la lista más votada entonces vigente. Un día reuní en la radio a las cinco mujeres con acta de concejal. La socialista Oslé estaba reconocida como mano derecha de Balduz. Comenté -juro que sin malicia- que más bien parecía alcaldesa por el número de horas diarias que pasaba en el despacho de alcaldía. Percibí una turbación generalizada entre las asistentes. Intercambiaron miradas de soslayo. Al tiempo, Julián y Camino rompieron sus respectivos matrimonios e iniciaron su propio proyecto de pareja. Aquellos Sanfermines tuvieron que soportar el cachondeo de la solanera. El día 7 -presidencia taurina del alcalde- Balduz se repantingó en el sillón y, con la chistera bien calada, pareció amortiguar la estrepitosa mofa. La anécdota popular derivó en amonestación institucional cuando, en uno de los actos religiosos de fiestas, el arzobispo Cirarda le negó la mano en el momento de dar la paz. La escena me vino a la memoria al analizar fotografías de la inauguración civil y bendición religiosa del monumento a Juan Pablo II, erigido en terreno público cedido por el Ayuntamiento. La alcaldesa Barcina, reciente su divorcio, compartió presidencia con altos cargos eclesiásticos. Su discurso alabó la figura del extinto Papa polaco, nada partidario de la disolución de la familia. Los dos prelados asistentes, el obispo de Torún (Polonia) y el arzobispo de Pamplona, se echaron mano a la cabeza. Sobre sus solideos. No era escándalo. Era el viento.