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Incendio

El recurso dialéctico a la épica resulta sospechoso. O esconde deficiencias o peca de triunfalista. Pamplona vivió "un incendio urbano de proporciones no conocidas en las últimas décadas", que afectó fundamentalmente a la cubierta y a las últimas plantas del nº 1 de la calle Tafalla. La aparatosidad del siniestro -visible desde toda la comarca- y su céntrica localización -al borde, además, de una arteria viaria fundamental (Avenida de la Baja Navarra)- reunió a cientos de curiosos durante las tres horas transcurridas entre su detección y su extinción. Ante el asomo de algunas críticas con respecto al dispositivo desarrollado, el director gerente de la Agencia Navarra de Emergencias enfatizó que "la gente se jugó la vida" y que Navarra tiene "los mejores medios y personal posibles". En efecto, algunas profesiones son de alto riesgo. Entre ellas, la de bombero. Al margen de las percepciones subjetivas dominantes en el lugar de los hechos (tiempo de llegada del segundo camión escala e inicial número de bomberos), los presentes fueron testigos de la falta de ataque al fuego desde la calle Aralar. Las dos escalas disponibles se ocuparon de confinar el fuego al edificio afectado sin que saltara al colindante de la Baja Navarra, pero la tercera plataforma elevable, procedente del parque de Estella, llegó cuando las llamas ya habían consumido la planta superior recayente a la calle Aralar, y mucho después de que los coches aparcados fueran retirados. La diferencia de altura entre Tafalla 1 y Aralar 15 (tres pisos) hizo considerar improbable el contagio del fuego por los tejados. Esa misma característica impidió que otras mangueras pudieran trabajar de tejado a tejado. Si Navarra dispone de los mejores medios, en este caso fueron insuficientes. Los camiones con escala se quedaron cortos: en número y en altura. Nadie pretende actitudes heroicas -salvo, a lo sumo, para salvar vidas humanas-, sino la máxima eficiencia profesional con la mejor seguridad laboral. Los propietarios e inquilinos afectados -pisos calcinados, viviendas dañadas, mudanza general- bastante tienen con sobreponerse a las consecuencias emocionales y materiales del grave accidente, y con la procelosa tarea de gestión de los seguros. Pero la gente salió con dudas de la respuesta técnica al incendio, un fuego que el viento no quiso complicar. La posterior actitud pública de los responsables político y técnico resultó previsible y preocupante: todo impecable y meritorio. Ni una concesión a la mínima deficiencia ni una reflexión crítica para mejorar. La llama perenne de la satisfacción en el pebetero foral. La reforma del Monumento a los Fueros podría haber cambiado el pergamino por una antorcha. En esta tierra, la autocomplacencia nunca se da por extinguida.