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Reforma

la reforma laboral es como un tartazo con duro merengue alemán. En este caso, la presidenta Barcina se relame complacida. El servil Roberto Jiménez, responsable del personal al servicio de la administración pública navarra, le limpia las comisuras de sus labios autoritarios. La reforma laboral aprobada por el Gobierno del autodenominado Partido de los Trabajadores (PP) -impúdica exhibición del cinismo más macarra de Cospedal- genera inestabilidad en los trabajadores fijos y precariza las condiciones laborales de los posibles nuevos empleos. Como partido de los trabajadores empleados, recorta derechos. Como partido de la población activa por emplear -su principal obsesión en esta reforma (dice)-, busca el camuflaje de la cantidad con menoscabo de la calidad. La bolsa de paro son cifras estadísticas; la explotación y la indignidad, solo opiniones. Las organizaciones empresariales baten palmas hasta con las orejas. Sus dirigentes pierden la compostura en público con carcajada incontenida. Exultantes, reclaman: "Aún queremos más", entonado como esa copla sanferminera no resignada al final de la fiesta. Reforma laboral: la fiesta patronal de la flexibilidad en horarios, calendarios y retribuciones, de la facilidad y el abaratamiento del despido, del contrato de prueba draconiano, de la devaluación sindical en la negociación. Partido Popular en el Gobierno: extremismo ideológico, antisistema del sistema anterior. El PSOE exhibe mueca de disgusto y disconformidad, pero ha sido precursor de recortes en salarios públicos y de congelación de pensiones. El PSN disiente, pero es promotor y cooperador necesario en recortes y ajustes dentro del sector público navarro. Ejercer de recortador y hacer el paseíllo como manifestante es una desfachatez estridente. Los dirigentes socialistas infiltrados en la manifestación de Pamplona tendrían que haber sido invitados a abandonarla. Cuestión de dignidad y decoro. El Gobierno socialista del Estado contemporizó con la burbuja financiera y con la burbuja inmobiliaria, génesis principal de la crisis económica. Careció de coraje político para limitar sueldos de ejecutivos de bancos y cajas socorridos con dinero público. Tampoco gestionó la dación en pago contra desahucio más deuda. El Gobierno regionalista de Navarra, con la complicidad del PSN, ha permitido una temeraria gestión de la entidad financiera foral (conducida a la inviabilidad), ha derrochado cemento en la bonanza, se ha endeudado en la sombra, y ha disimulado la realidad de las cuentas públicas. A día de hoy, con evidente impotencia para cambiar rumbos, la presidenta cobra por hacer de comentarista y de mánager del optimismo, y el consejero de Economía, de vaticinador. De soluciones imaginativas y eficientes, a dieta.