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Víctimas

El consejero de Educación, mal docente, José Iribas, en sede parlamentaria: "No hay más víctimas que las víctimas de ETA". Falso. Estadística, sociológica y humanamente, mentira. La víscera burló al cerebro. Educación para la Ciudadanía, manipulada por sesgo ideológico. Su doctrina desprecia la verdad. El abogado Iribas, de dilatada experiencia política (alcalde, senador, concejal, consejero), pechó con gusto con la respuesta del Gobierno foral a una pregunta de Bildu, grupo parlamentario interesado en iniciativas del Ejecutivo para "reconocer y reparar" a "todas las víctimas del conflicto, sin exclusiones". UPN niega la existencia de conflicto, lo que revela ignorancia del diccionario: una acepción lo define como "situación desgraciada y de difícil salida"; otra, como "problema, cuestión, materia de discusión". Ambas acepciones son realidad tangible hace decenios. El apéndice de "sin exclusiones", que pretende el reconocimiento de víctimas en ETA y su entorno, se le infecta y supura bilis. Al enemigo, solo odio. No parece momento histórico para esa actitud. ETA -violencia de génesis y objetivos políticos- ha causado víctimas mortales (la mayoría, sacrificadas; algunas, fortuitas), víctimas mutiladas físicamente (a las que en su mayoría quiso matar) y víctimas dañadas moral y psicológicamente (parientes y allegados de sus víctimas; también, familiares y amigos de los activistas, ya dolidos por discrepancia con su militancia ya afectados por consecuencias de la misma). Pero es innegable que la lucha del Estado contra ETA también ha generado víctimas. Mortales, mutiladas y dañadas. Por métodos espurios auspiciados, por venganza y maltrato policial, por excesos judiciales, por política y régimen penitenciario. La diferencia cuantitativa entre autorías no anula hechos cualitativos. Navarra aporta los nombres de Mikel Zabalza (rescatado cadáver de aguas del Bidasoa en 1985 tras haber pasado por el cuartel de Intxaurrondo) y de José Luis Cano (apaleado y abatido de un disparo en Pamplona en la Semana pro-amnistía de mayo de 1977. En comisaría, fui testigo de cómo la policía secreta estaba preocupada porque algún periodista hubiera recogido el casquillo). Ceñidos a casos de muerte y sin ser exhaustivos. El más tozudo menosprecio del Estado lo protagonizaron Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez, asesinados en el Montejurra de 1976. Su reconocimiento como víctimas del terrorismo llegó en 2003 (27 años después) por sentencia judicial. El consejero José Iribas -uno de los más fieles lugartenientes de Yolanda Barcina- puede expresar esa opinión en círculos particulares o partidistas. Proclamarla como verdad oficial en sede parlamentaria es un fraude. Como consejero de Educación, escribe mal la Historia contemporánea.