Puñetazos al aire
Han sido siete días de espanto. La misma semana que los nuevos indicadores económicos insistían en el estado de recesión para Navarra, se hacían públicos los catastróficos datos de recaudación y las cifras de paro nos elevaban a niveles desconocidos hasta ahora. Menos mal que Barcina nos acababa de anunciar un "rosario de buenas noticias". Uno empieza ya a creer en el mal fario. La omnipresente mujer de sus tiempos de alcaldesa se ha convertido de presidenta de Gobierno en un ser desaparecido. La salida de ETA del escenario y la imposibilidad de seguir haciendo creer a la gente que esto era el paraíso la han dejado sin discurso. Nada más y menos que a ella, el lorito de repetición del catecismo navarrista. Le pesa como una losa la herencia de Sanz, de cuya política de asalto organizado a los caudales públicos es corresponsable. Ya no queda nada que inaugurar que no haya sido inaugurado hasta dos veces, y encima Jiménez le roba plano. Su política, esperar a que escampe mientras copia mansamente lo que diga Madrid. ¿Ideas? Solo una: dejar que el PSN se lleve la chiquita mientras ella se come la grande. Con unas habilidades parlamentarias entre el cero y el menos uno, en la cámara foral se limita a leer los discursos que le preparan sus asesores. Si hay alguien a quien tengan que partirle la cara que sea a Miranda o a Sánchez de Muniáin. Ella, silencio. Y por una vez que habla, mejor si se hubiera callado. Lo último suyo es que ahora no sabe si subirá impuestos, si seguirá recortando o si hará ambas cosas a la vez. Miedo da, después de haber dejado a nivel subsahariano la atención sanitaria de los núcleos rurales. Francis Díez, el cantante de Doctor deseo, dijo el otro día en el Gayarre que se la imaginaba vestida de cuero y con un látigo en la mano. Eso era antes. Yolanda Barcina empieza a parecerse al boxeador sonado que se pasea por el ring propinando puñetazos al aire. Creía que iba a ser un paseo militar y está siendo un vía crucis.