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Encierro

El encierro, a revisión. Detonante: el montón en la puerta del redondel. Un ridículo universal. Situación dramática, acongojante, surgida de un protocolo muy vulnerable a los errores. El factor humano pudo entrañar peores consecuencias que seis toros asustados ante la muralla de cuerpos. La tragedia o su sombra preceden casi siempre a los análisis. Sucedió con la implantación del segundo vallado, con las gateras del callejón y con la corrección del vallado en la parte superior de Santo Domingo tras el derribo de la antigua Casa Seminario. Se han adoptado medidas razonables, como la barrera policial en la primera curva de Santo Domingo (quienes bajaban de cara citaban a las reses e impedían la formación natural de la manada); otras excesivas, como la aplicación de antideslizante desde la confluencia de la cuesta con la Plaza Consistorial hasta la curva de Mercaderes. El trazado y las condiciones del suelo forman parte de la esencia del encierro. Los resbalones de morlacos a la entrada de Mercaderes -culminación del vértigo de Santo Domingo- o el topetazo a la salida (la curva) formaban parte de la naturaleza de la carrera. El producto antideslizante la adultera. Los encierros han ganado en velocidad y su desarrollo se ha tornado más previsible. Demasiado atlético. La casi certeza de que los astados bravos salvarán con limpieza la curva Mercaderes-Estafeta pegados a la pared izquierda ha favorecido la idea del lado derecho como tribuna de espectadores a pie de calle en un punto emblemático. Es la constatación de que los problemas del encierro son más de actitud que de masificación. La desproporción entre mirones y corredores es grande. La televisión no puede promocionar ni al anciano residente de un portal de Estafeta -por mucho que resulte simpático su parecido con Hemingway- ni a magníficos corredores parcialmente retirados que velan su oportunidad ocasional en los costados de la calle. La participación en el encierro ha sido siempre voluntaria y espontánea. Nadie debe poner límites a ese originario y tradicional libre albedrío: correr cuando apetece. Y menos por incitación de exclusivistas de las astas. A los del torno de acceso se les puede sugerir el turno de acceso: un encierro por persona y año. Ni restricción por procedencia (hay excelentes corredores foráneos) ni por atuendo (podríamos volver al traje de los años 20-30 del siglo pasado) ni por facultades (no es una competición ni una exhibición). El encierro ha pasado de rito local a espectáculo mundial. Incluso simuladas sus sensaciones en negocios y en promociones turísticas de la Comunidad. La pedagogía de sus normas, la sanción real de su infracción y la información real y elocuente de sus riesgos han de tener conocimiento internacional. Para empezar.