Estamos ahí, un día más, en la terraza del Torino, Lucho y yo, y le digo: Imagínate a dos mujeres hablando en la villavesa. Dice una: Tengo el congelador lleno de ciervo y jabalí. Pero a mí el ciervo no me gusta, añade. ¿Y el jabalí? El jabalí, solo un poco. A mí, el jabalí, me gusta hecho, dice la otra. Pues a mí, lo que me pasa con el ciervo es que me da pena.

Una vez leí un poema titulado La mirada del ciervo. Y cuando como ciervo, me acuerdo del poema. Me imagino los ojos del pobre animal mirándome con inocencia. Y se me bloquea el píloro. Quiero decir que se me bloquea el estomago. Que no puedo tragar. Y así es la vida, le digo a Lucho. Así es la vida, viejo gnomo. Y me dice: ¿Cómo? Y le digo: Pues eso: que tienes el congelador lleno de ciervo y no te lo puedes comer porque te da pena. Así es como es. Quien dice ciervo, dice cualquier otra cosa.

Y esta es mi modesta reflexión y mi pregunta, aprovechando que estamos en la semana santa de Dios: ¿Por qué le interesará tanto a Dios el hecho de que siempre estemos un poco insatisfechos, un poco contrariados? ¿De qué le servirá? No querrá que nos relajemos, supongo yo. Querrá tenernos tensos. Como si un mínimo de tensión fuera precisa y necesaria. Eso, al menos, explicaría nuestra grotesca propensión a las guerras y matanzas. El desacuerdo, la discrepancia tiene que estar en la base del sistema, es obvio. Nunca nos libraremos del desacuerdo. Es necesario: no puede haber paz, de hecho. La paz es el anhelo, nada más, Lutxo, viejo amigo, le digo: Algo que se anhela. Y me dice que lo que él anhela es otra cosa.

Así que le digo: ¿Qué cosa? Y me dice que lo que él anhela y siempre ha anhelado es la belleza. Y le digo: Pues yo, la justicia. Y él: Pues yo el amor. Y yo: ¿Qué amor? Y me suelta: Me da igual, el que sea, el primero que llegue.