Abuelas sin fronteras
Caminé hacia mi fila del avión, y allí encontré a una señora canosa casi atada al asiento, fijada al él como en una atracción de feria. Por la postura rígida, el temblor de las manos y la oración que apenas traspasada sus labios, más parecía estar en la silla eléctrica que de vuelta a casa. Al sentarme me preguntó con gesto de angustia si era mejor "estar delante o detrás", así, en castellano, aunque el aeropuerto distaba miles de kilómetros de Extremadura. Le respondí que se tranquilizara, que lo peligroso es circular por la autopista. Era su segundo vuelo, y el primero había sido el de ida. Dado que el cinturón de seguridad era ya otra extremidad de su cuerpo, no fue necesario mencionarle aquel aviso de una línea peruana: Abróchense los cinturones, que no se dispersen los cadáveres.
El viaje fue un cóctel de miedo, melancolía, inocencia, humor y tristeza. Sobrevolando la costa de Túnez, me indicó que desde la ventanilla veía Madrid. Y más tarde, cuando las farolas de pueblos manchegos punteaban la noche, señaló a "todos esos barcos con sus luces en el mar". Estarán pescando, sugirió. Si acaso cazando, bromeé, y sonriendo me regaló un empujón carioso. Su mayor interés era saber si yo conocía a Carlos, su nieto treintañero al que acababa de visitar. Trabajaba de friegaplatos en un restaurante griego, que le diera muchos besos de parte de su abuela y que le recordara que lo esperaban para navidades.
Se lo contó al antropólogo Pedro Gómez una anciana asturiana que emigró a Cuba y jamás regresó: "Me vino a buscar mi hermano para llevarme del pueblo a Gijón, a coger el barco. El camino se me hizo muy lejos, así que al llegar a Gijón le pregunté: ¿Ya llegamos a La Habana? No, mujer, no, cómo vamos a llegar a La Habana si aún no salimos de España, contestó. Entonces me eché a un rincón a llorar". Quienes llaman movilidad a la emigración y aventura a la espantada, que no se confundan. No es lágrima fácil: es llanto de rabia.