Lamiendo el espejo
El Gobierno de la Comunidad Valenciana ha decidido implantar en las escuelas valencianas una asignatura llamada Cultura del Pueblo Valenciano, con lo que nada más empezar la columna ya me ha colado tres gentilicios. A partir del tercer curso de Educación Primaria los niños deberán estudiar y aprobar esa milenaria materia creada, según sus inventores, para salvaguardar las inequívocas señas de identidad locales. El presidente de allí - ahorro el topónimo, se lo imaginan- ha sido más ambicioso al explicar que el objetivo es "defender lo valenciano", así, a lo grande. Supongo que en ese saco sin fondo cabrá desde Chimo Bayo hasta Rafael Chirbes, pasando por Tirant lo Blanc y Gandía Shore.
Ya de por sí la palabra pueblo asusta bastante en boca de un ideólogo cuando no se refiere al municipio concreto de la jota, ayer casaputas y frontón, hoy rotonda y adosado. Nada hay más peligroso que el político empeñado en convertir sus gustos y manías personales, o los de su tribu, en características colectivas. También lleva veneno esa permanente alusión a la defensa de lo propio, pues alimenta la leyenda de una agresión sin tregua por parte de un ente ajeno. Recuerda al machaca convencido de que su brazo culturista tiene un fin preventivo. Luego en el reparto de los mamporros suele ser pionero.
Y sí, aterra cualquier intento académico de recalcar, subrayar y remarcar al paisanaje su identidad, no vaya a equivocarse de corrala. Enseñar a un nene valenciano que es un nene valenciano solo se entiende en alguien que confunde la plastilina con la antropología y duda del ombligo de la chavalería. Quien dice valenciano dice, por supuesto, vasco, navarro o chiquistaní. Y resulta paradójico que sea precisamente esa derecha liberal y ciudadana del mundo, esa que hace bandera de la paella, esa que eleva a símbolo patrio cualquier gol de Cardeñosa, la que se ría de la boina del vecino. Yo soy español, español, español. Y una rosa es una rosa.