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Rebelarse, dice

en 1977 murió Elvis Presley y nació Shakira, se permitió que Luis fuera Koldo en el registro y en Miami nevó, dicen, por primera y última vez. Para entonces, Rosa Díez ya vivía de la política y María Jesús del acordeón. Aquel fue un año brillante para algunos sevillanos. Falete fue concebido en la primavera. El Betis ganó la reiniciada Copa de Su Majestad el Rey, antes llamada de Su Excelencia el Generalísimo durante cuatro décadas. Y Alfonso Guerra fue elegido diputado, su profesión hasta hoy. Y han pasado otras cuatro décadas. Mucha gente piensa que Alfonso Guerra está ya con Tino Casal. En 2007 se llegó a publicar su obituario en varios periódicos paraguayos. Y es que desde que Jomeini volvió a Irán, el socialista no ha presentado una sola iniciativa en el Congreso. Desde que España goleó a Malta sólo ha intervenido en quince ocasiones. No le gusta el protagonismo o le disgusta el AVE, lo cual explicaría sus ausencias. A cambio quizás haya sudado en el despacho. Así están las migajas que le pagamos por ello: entre lo que le corresponde como parlamentario, lo que gana como Presidente de la Comisión de Presupuestos y lo que se estila en dietas, se embolsa más de 6.000 euros mensuales. Y le caen bolas extras del partido y sus fundaciones. Todos los políticos no son corruptos ni cobran demasiado. A unos pocos les iría mejor en la empresa privada y unos cuantos merecen un sueldo más justo dada la responsabilidad que contraen. Sin embargo esos cargos eternos, que en medio siglo jamás han mandado un currículum o hecho cola tras una ventanilla, esos seres extraños sin hijos en paro ni bonobús en la cartera recuerdan a mi abuelo cuando el Naranjito: sin haber practicado nunca deporte alguno era un severo Mourinho imponiendo tácticas desde el sofá. Hay que rebelarse, leo que afirma Alfonso Guerra, alguien que con brutal coherencia sentenció un día que en política la única forma de ser honesto es siendo aficionado. Y va y mete Cardeñosa.